Manifestación por Ceuta: el PSOE que se queda en casa y la disidencia en la calle
¿Merece la pena salir a la calle cuando el partido en el Gobierno te pide explícitamente que no lo hagas? La directiva del PSOE a sus cargos políticos para no acudir a la manifestación relacionada con Ceuta, adelantada por El Mundo y difundida por Antena 3, ha abierto una brecha incómoda en el bloque de la izquierda. Mientras la dirección socialista se lava las manos, una parte de la ciudadanía sigue considerando que la calle es el único canal de expresión que le queda.
La petición socialista no es una simple recomendación: en la práctica supone un desmarque institucional. El partido que gobierna no puede respaldar —ni siquiera en la distancia— una protesta que probablemente cuestiona su gestión en la ciudad autónoma. Sin embargo, la orden choca con la realidad de una base social que no comparte esa cautela. “Y yo”, espetan algunos; otros recuerdan que acudir es solo “dar cuatro gritos y volver a casa”, una futilidad que no mueve un solo voto. La respuesta más ácida llega del lado contrario: “Al menos te desahogas. Votando ni eso”.
Protestar o votar: el dilema de la desafección
El intercambio resume un dilema que trasciende el caso ceutí. En un país con niveles de abstención estructurales, la manifestación se percibe a la vez como un derecho y como un placebo. Los críticos con la protesta recuerdan que el ruido no se traduce en escaños; sus defensores responden que la urna lleva años sin ofrecer alternativas. La paradoja es que el PSOE, que se beneficia de esa abstención, se apresura a desvincularse de la calle. Quizá porque sabe que, en democracia, pedir a los tuyos que no ejerzan un derecho fundamental es un reconocimiento implícito de que el descontento va con ellos.
La discusión, no obstante, ha dejado también exabruptos que no tienen cabida en un análisis serio: desde apelaciones al cierre de fronteras hasta deseos reprobables hacia el presidente del Gobierno. Sobra decir que esa deriva, lejos de vestir la causa, la desnuda.
Entre la consigna y el escaño, el ciudadano medio se queda con la duda de si su presencia en la calle cambiará algo. La ironía final es que, mientras los dirigentes socialistas se quedan en casa, la protesta seguirá su curso con o sin ellos. Y el voto, ese consuelo que queda, tampoco convence a nadie.