¿Son votar y casarse enfermedades mentales?
Un controvertido razonamiento ha reabierto el debate sobre la delgada línea entre la estupidez y la enfermedad mental. La propuesta es tan simple como provocadora: la enfermedad mental debería definirse por el perjuicio consciente que causa una elección, y bajo ese criterio, votar y tener cónyuge en España serían conductas patológicas porque, supuestamente, empeoran la vida de quien las elige.
La línea que nadie se atreve a trazar
El argumento parte de una comparación: mientras un esquizofrénico que habla de gamusinos rosas no elige conscientemente su delirio, un ciudadano que vota o se casa sí lo hace, y los datos (aunque no se citan) sugerirían que ambas decisiones, en el contexto actual español, resultan objetivamente perjudiciales. La conclusión es que la mayoría actúa como borrego contra sus propios intereses, y que la sociedad entera está tan afectada que no reconoce la irracionalidad colectiva.
Las reacciones: entre la burla y la reflexión
El planteamiento ha cosechado desde acusaciones de efecto Dunning-Kruger hasta defensas irónicas. Algunos señalan que el voto en España es en realidad delegar la decisión en un representante, por lo que la responsabilidad consciente se diluye. Otros recuerdan que la misma línea argumental podría aplicarse a cualquier elección que implique un sacrificio a cambio de un beneficio incierto, como tener hijos o trabajar.
El fondo del asunto
Más allá de la provocación, el debate revela una incomodidad profunda con la libertad de elección en una sociedad que presume de racionalidad. ¿Hasta qué punto nuestras decisiones más vitales están realmente basadas en un cálculo racional de costes y beneficios? La pregunta queda abierta, sin respuesta ni consenso.
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