El corredor de cocaína africano que Europa prefiere no mirar
¿Cuánta cocaína de la que se consume en Europa ha pasado antes por un puerto africano? Los informes de INTERPOL sobre el tráfico ilícito de cocaína en África Occidental y del Norte sitúan esa fachada atlántica como una de las rutas activas hacia el continente. El dato no es un hallazgo: lleva años publicado. Lo llamativo es el uso que se hace de él, convertido en munición de un relato más ambicioso, el de una Europa que habría entregado soberanía a cambio de que le gestionen la frontera.
El peaje de los puertos con guarnición mal pagada
La tesis que circula es fácil de formular y difícil de probar: instalaciones portuarias con controles débiles —el caso de Guinea-Bissau se cita siempre— funcionan como coladero a cambio de una prebenda. La misma lectura añade que las zonas militarizadas de Casamance, en Senegal, o el nivel de vida del litoral mauritano no cuadrarían con la pesca artesanal como única actividad. Conviene separar dos cosas. Que la ruta existe y está documentada es un problema de seguridad. Que de ahí se deduzca que todo un Estado sea una organización criminal es una opinión política, no un hallazgo policial.
La frontera que Google traza en discontinuo
A este cóctel se suma la cartografía. La frontera de Ceuta y Melilla aparecía en Google Maps con línea discontinua, el trazo que la plataforma reserva a los territorios cuyo estatus se considera disputado. Para España, ambas ciudades son territorio nacional sin discusión. El gesto se leyó como una cesión silenciosa más, y así se recogió en prensa.
Jets con matrícula CN: lo que el ADS-B sí demuestra
El otro rastro es aéreo. El seguimiento abierto de aeronaves mediante ADS-B permite seguir vuelos en tiempo real, y los listados de jets corporativos registrados en Marruecos han servido para montar la historia: matrículas CN-MVI, CN-AMH/CN-MMH y CN-AMS/CN-MMT, una detrás de otra. El límite del método es evidente. Un registro de vuelos documenta movimientos, no cargamentos ni propietarios, y quien lo olvida convierte una curiosidad técnica en una acusación sin firma.
Con la ruta atlántica documentada y los mapas en discontinuo, el relato de la servidumbre se escribe solo. Lo incómodo no es que falte un villano con seudónimo. Es que la factura de vigilar la frontera se paga en euros y la cobra quien no tiene ninguna prisa.