Ceuta suspende la protesta por los ultras y el pánico se instala
¿Qué ocurre cuando una ciudad entera cancela su protesta porque han llegado los ultras? En Ceuta, la respuesta es que el miedo gana a la reivindicación, y la duda de fondo sigue ahí: cuánto va a costar en términos económicos y de imagen para una ciudad que ya vive en un escaparate permanente.
La manifestación estaba convocada para el sábado 29 de agosto por ciudadanos a través de grupos de mensajería instantánea. El comunicado difundido por los organizadores, recogido por El Faro de Ceuta, señalaba que la protesta -planteada contra la gestión del Gobierno- no se celebraría ante la llegada de grupos ultras a la ciudad. Acto seguido, apelaba a la convivencia: “Llevamos siglos conviviendo con nuestros hermanos musulmanes. Compartimos historia, cultura y una tierra que pertenece a todos”. La palabra hermanos, en mayúsculas en el original, fue el detonante de una nueva guerra interpretativa.
Una desconvocatoria exprés y sus motivos
La convocatoria nació en canales privados y se desconvocó por la misma vía. Esa es la primera rareza. Los grupos de mensajería permiten organizar en horas lo que antes exigía semanas de burocracia, pero también permiten que el miedo se propague con la misma velocidad. Según los organizadores, la presencia de ultras justificaba dar marcha atrás. Argumentaron que no querían que una protesta legítima se convirtiera en un escenario de violencia y que el rechazo al racismo era parte de su identidad.
Esa explicación no convenció a todos. Hay quien sostiene que la presencia de ultras fue una excusa para desactivar un movimiento que empezaba a molestar al poder, y señala que en otras ciudades españolas la llegada de grupos de este tipo no ha impedido manifestaciones. En contra, se argumenta que la responsabilidad penal por cualquier altercado recae sobre los convocantes: si alguien quema un contenedor, el primero que firma la convocatoria es el que responde. Un riesgo que, en una ciudad con la tensión de Ceuta, pesa más que un titular.
El precio de la convivencia en el bolsillo
La suspensión no es solo un gesto simbólico. En el plano económico, Ceuta acumula incertidumbre: presión sobre frontera, presencia de grupos ultras y ahora una protesta cancelada de última hora. El pequeño comercio y la hostelería, que dependen de una imagen de tranquilidad, son los primeros en notarlo. La vivienda tampoco se libra: entre los efectos comentados está la posibilidad de que los precios de los pisos, ya de por sí con un mercado reducido, se resientan ante un entorno que algunos ven como un aviso de lo que puede venir.
No es un escenario nuevo. En 2021, la entrada de miles de personas a través de la frontera, que algunos situaron en torno a 10.000, ya puso a prueba la estabilidad de la ciudad. Ahora, con una manifestación desconvocada por miedo a que la ultraderecha la capitalice, la sensación de parálisis se instala en un territorio cuya principal industria es su propia supervivencia cotidiana.
Las lecturas políticas de una ciudad que no protesta
La lectura política tiene dos caras. Para unos, los ceutíes que desconvocaron demostraron una madurez que evita confrontaciones inútiles, y el mensaje de hermandad entre culturas es la única vía para que una ciudad fronteriza funcione. Para otros, el efecto es perverso: se normaliza que la presencia de grupos ultras anule una queja legítima, y se regala el espacio público a quien no duda en recurrir a la coacción.
La ironía final está servida: la misma herramienta que permitió que miles de personas se organizaran para protestar fue la que terminó pidiendo calma. En Ceuta, la revolución se ha quedado en casa, y la pregunta que nadie quiere responder es si el coste de esa prudencia se pagará en votos, en tiendas cerradas o en ambos.