El terremoto de Ayacucho agita la economía minera peruana
A las pocas horas de que la tierra temblara en la sierra andina, el Instituto Geofísico de Perú (IGP) confirmaba la magnitud: 7,2. El epicentro, a 35 kilómetros de Cora Cora, en plena región de Ayacucho. El primer parte oficial habla de ausencia de daños personales y materiales, pero en una zona donde la minería mueve buena parte del PIB regional, esa tranquilidad puede ser engañosa.
La actividad extractiva es el corazón de Ayacucho. Carreteras de montaña, líneas eléctricas y accesos a las operaciones mineras son infraestructuras altamente vulnerables a un seísmo de esta potencia. Una ladera que se desprende, un puente que se resquebraja o un transformador que salta pueden detener la producción durante semanas, incluso si el temblor no deja un solo herido. La evaluación económica real se escribirá en los próximos días, cuando los técnicos revisen hasta el último acceso a las zonas de extracción.
La comparación incómoda con Chile
El debate sobre la preparación frente a terremotos en la región andina siempre acaba en el mismo punto: Chile, acostumbrado a convivir con grandes sismos, ha desarrollado códigos de construcción y protocolos que limitan los daños. Perú, en cambio, tiene en la sierra una red viaria antigua y una inversión en infraestructuras resistentes que está lejos de la chilena. No es casualidad que algunos análisis apunten a que el verdadero problema no es el temblor en sí, sino el estado de las carreteras que conectan las minas con los puertos.
Costes que no salen en el primer parte
El primer informe del IGP es un alivio, pero también una trampa. Los daños materiales visibles pueden ser mínimos; los costes económicos ocultos, enormes. La interrupción de una línea eléctrica en una mina a cielo abierto, la caída de un teleférico de transporte de mineral o el bloqueo de una vía por un deslizamiento tardío son escenarios que nadie descarta. Además, la incertidumbre suele pesar en las cotizaciones de los minerales cuando se produce en una región clave.
El dato que descoloca llega al cierre del primer balance: ni un solo daño reportado. Con una magnitud de 7,2, lo normal habría sido un parte con destrozos. Pero en los Andes peruanos, el riesgo real no es el temblor que se siente: son las réplicas, los corrimientos de tierra y las infraestructuras que aguantan “en apariencia” y fallan semanas después. La economía minera, como siempre, hará ese cálculo mucho después de que los titulares se olviden del seísmo.