Gisbert y el Holocausto: el escándalo como coartada
El helicóptero sobrevoló Ceuta con la solemnidad de quien va a rodar una versión tacaño del desembarco. Gafas oscuras, comunicado previo y ninguno de los ilustres a los que se esperaba en la pista. Pero Pizzpi Gisbert no necesitaba recibimiento: ya tenía su titular. Con un par de declaraciones cuestionando la cifra de seis millones de perecid en el Holocausto, el exbeneficiario de subvenciones públicas ha logrado lo que no consiguió con ninguna de sus anteriores salidas de tono: convertirse en protagonista del debate político en plena canícula.
El personaje no es nuevo en esto de vivir del cuento. Hasta hace nada financiaba su discurso con chiringuitos subvencionados por el Estado. Ahora ha descubierto el negocio aún más rentable del negacionismo: negar lo que la historia documenta tiene más retorno en redes que cualquier otra polémica. Y lo ha hecho con calma, sin matices, usando el término 'holocuento' que ya es marca de la casa en ciertos círculos.
La evidencia que no se mueve
Frente a la provocación, los hechos son tozudos. El Holocausto está acreditado por los procesos de Núremberg, por miles de páginas de burocracia alemana —listas de transportes, correspondencia entre ministerios, informes de la Wehrmacht— y por la física de los campos de exterminio. No es un relato de vencedores ni una conspiración sionista. Es documentación generada por los propios perpetradores. Quienes lo niegan no suelen aportar archivos, sino dudas genéricas.
Ahora bien, el debate ha derivado hacia las cifras. Algunos analistas recuerdan que en Auschwitz había nueve crematorios y que quemar cientos de cuerpos al día requiere una logística brutal. El cálculo de los restos —de 8 a 10 kilos de huesos por incineración— se ha convertido en el nuevo campo de batalla de los escépticos. Lo curioso es que esta aritmética casera rara vez cita los documentos que permiten el cálculo inverso.
Entre el negacionismo y la instrumentalización
Una posición distinta, y no necesariamente negacionista, es la que critica el uso político que el Estado de Israel hace del recuerdo del exterminio masivo. Hay quien sostiene que la instrumentalización del Holocausto para justificar políticas actuales es una forma de banalizarlo. Pero esa crítica, legítima en sí, se ha visto contaminada por el aluvión de teorías conspirativas que saltan del relato histórico a la acusación directa contra colectivos. El resultado es un batiburrillo donde ya nadie sabe si se discute la historia o se utiliza para otras batallas.
El precio de la provocación
Las consecuencias no se han hecho esperar. El personaje ya sabe lo que es moverse al filo, pero esta vez el riesgo es judicial: en España, el negacionismo no es delito autónomo salvo que suponga humillación o enaltecimiento del exterminio masivo. Ahora bien, hay quien pronostica que un juez pondrá freno a la ocurrencia. Otros, más pragmáticos, apuntan a que Gisbert ya ha conseguido lo que buscaba: que todos hablen de él.
Al final, lo que descoloca es la deriva: los mismos que dudan de los seis millones se aferran a una aritmética de huesos que no se sostiene sin contexto. No hay cifra que calme a quien prefiere el escándalo a la evidencia. Y mientras tanto, el Holocausto sigue siendo uno de los episodios mejor documentados de la historia contemporánea. Cómodo para montar un pollo en agosto. Menos cómodo para la verdad.