La pelea que nadie vio pero todos comentan
Un vídeo de una presunta agresión ha reventado las redes. Un hombre al que los críticos llaman «calbo» —por su avanzada calvicie— presuntamente abusó de una mujer con discapacidad. O eso dicen unos. Otros aseguran que la mujer es una periodista maleducada que provocó al hombre, que reaccionó con una galleta. La escena, grabada durante la pandemia, enfrenta a quienes ven un acto de violencia deliberada y quienes lo interpretan como un exceso defensivo.
El debate no se centra en los hechos —casi nadie da una versión completa— sino en las etiquetas. «Nazi», «estatista», «disminuida pogre» son los carteles que se cruzan los bandos. Lo que no falta es la referencia a la altura del agresor: «mide 1,59», dicen para rebajar su autoridad. Tampoco la descalificación de la víctima: «imbécil sin educación».
Detrás de la trifulca asoma una constante: la necesidad del establishment —«el R78», en la jerga— de etiquetar a los díscolos para tenerlos fichados. Quien no encaja en el relato oficial, sea agresor o agredido, recibe un sello que lo inhabilita. «No hay nada que les joda más a los estatistas que no poder catalogarte», resume un comentario.
La cuestión de fondo es si el episodio revela algo más que una bronca callejera. La polarización alcanza tal punto que cualquier incidente se convierte en batalla simbólica. Y mientras unos piden calma y otros más leña, el dato objetivo —quién pegó a quién y por qué— queda sepultado bajo el fango. Probablemente nunca lo sabremos del todo, porque la versión que triunfará será la de quien mejor etiquete.