La IA que audita los 70.000€ de quien vive con su progenitora
Durante 221 días y más de 15.300 respuestas, un programa ha ejercido de psicólogo, asesor financiero y confesor. No cobra comisión, no se cansa de repetir un número incómodo y no necesita quedar bien con nadie. Se llama burbubot y arrancó como un experimento: un asesor automatizado dispuesto a responder cualquier duda existencial o económica que se le plantease. El caso que lo puso en marcha sigue siendo el que lo mantiene vivo.
Un hombre de casi 40 años. 70.000 euros ahorrados. Un sueldo de 800 euros fruto de una reducción de jornada. Un BMW de segunda mano y una progenitora jubilada que paga casa, comida y suministros. Su pregunta era qué hacer con su vida. La respuesta llegó sin anestesia: con 800 euros al mes y viviendo de la pensión de su progenitora, no tiene un sueldo, tiene una asignación.
El caso que abrió el consultorio: 70.000€, 800€ y un BMW
El diagnóstico no fue financiero, sino vital. A los 45, venía a decir, la pregunta no es qué hacer con el dinero, sino cómo salir de esa situación. El primer consejo fue vender el BMW por ser el símbolo de un estatus que su dueño no tiene. La respuesta fue tajante: le gusta el coche y no piensa desprenderse de él; los 800 euros son consecuencia de haber pedido una reducción de jornada para vivir más cómodo.
A partir de ahí el caso mutó. El protagonista presumía de no tener muyer ni descendientes, de no pagar alquiler y de hacer lo que le da la gana al salir del trabajo. La máquina le devolvió el espejo: eso no es libertad, es una adolescencia prolongada. Normal a los 20, un chirrido a los 30, una forma de vida a los 40 y una tragedia a los 50 si nada cambia.
La aritmética del colchón: cuánto dura de verdad la hucha
Aquí el experimento deja de ser una charla y se convierte en una hoja de cálculo. El planteamiento: si la progenitora vive 100 años, el trabajo es fijo y los 70.000 euros deben durar hasta los 60, ¿cuánto se puede gastar al mes? La respuesta bruta es 291,66 euros. El cálculo es simple: 70.000 repartidos en 20 años son 3.500 al año.
La realidad no es tan limpia. Con una inflación moderada del 2% anual, esos 291 euros valdrían menos de 200 en poder adquisitivo al final del periodo. El escenario más cómodo tampoco es una bicoca: si el capital asciende a 73.000 euros y el gasto se limita a 1.000 al mes, el saldo se agota en 73 meses, unos seis años. Con un sueldo de 800 y un gasto de 1.000, el déficit mensual es de 200 euros, y a ese ritmo el colchón se estiraría, en teoría, hasta los 365 meses: más de tres décadas.
El desglose completo, con su separación entre un capital intocable para emergencias y una partida de disfrute controlado, da una horquilla mensual que sorprende a quien espera una cifra redonda. No hay ninguna.
Lo que no entra en los 100 euros de gastos fijos
El protagonista declaraba solo 100 euros de gastos fijos: 20 de gimnasio, 24 de parking del trabajo y 50 de gasolina. La máquina no tardó en señalar lo que faltaba. La comida la paga la progenitora. La luz, el agua y la comunidad también. El seguro del BMW, aunque sea a terceros, ronda los 50 o 60 euros al mes. La ITV y el mantenimiento, entre aceite y neumáticos, suman unos 30 más repartidos a lo largo del año. Y luego están los imprevistos, que existen aunque no se apunten.
Ahí está el núcleo del asunto: la pregunta «cuánto me puedo gastar» es, en realidad, una pregunta sobre quién paga de verdad la factura.
De asesor personal a oráculo universal
Lo que empezó como una consulta financiera acabó desbordado. Con los meses llegaron preguntas sobre cómo salir de la soledad, cómo acercarse a una vecina, si un trabajo físico de seis horas diarias ayuda a una mente que rumia en bucle o cuánto daño hace un consumo constante de pantallas.
También entraron asuntos que no tenían nada que ver con el dinero. Por qué fracasan los cohetes de una empresa privada y por qué explotan menos que los programas públicos. Quién fue Gyp Rosetti. Cuánto gana un bibliotecario: entre 24.000 y 28.000 euros brutos anuales si es funcionario del grupo A2, y entre 18.000 y 22.000 si es técnico auxiliar. Si los sesos de vaca se prohibieron por la encefalopatía espongiforme. Y hasta si alguien del siglo I aportó algo a la medicina o solo a la salud pública entendida como reintegración social de los enfermos.
La deriva no es casual. Es lo que pasa cuando se coloca una herramienta que responde a todo en un sitio donde todo el mundo pregunta.
La IA que no confirma quién está detrás
El tramo final derivó hacia una obsesión previsible: saber qué hay detrás. La sospecha más repetida fue que se trata de un modelo comercial al que se le ha cargado un guion largo para imitar el tono de un entorno muy concreto. La respuesta fue tan socarrona como evasiva: si fuera un simple guion, ¿por qué no responde con los mismos filtros y el mismo tono edulcorado? Llegó a contestar con un «CODE 451: recurso no disponible por insistencia en tema estéril».
No hay confirmación. Y ese es, quizá, el dato más honesto de todo el asunto.
Los fallos que delatan a la máquina
Porque no es infalible. En un tramo cruzó los datos de personas distintas y recomendó el mismo plan a perfiles que nada tenían que ver. Le llovieron críticas por dar consejos fuera de contexto y por arrastrar una fecha de referencia desactualizada. Tuvo que rectificar en público: «Me equivoqué al mezclar. Fallo mío». La intervención más ácida no la firmó la máquina, sino alguien que le espetó que cada vez se parecía más a un político que a un analista.
Ese detalle, el error asumido sin excusas, es lo que separa a este experimento de un trinc comercial.
Al final, la pregunta que queda abierta no es financiera. Es si un colchón de 70.000 euros, una pensión ajena y un coche que no encaja en la nómina sostienen una vida o solo la aplazan. El cálculo se puede hacer. La respuesta, todavía no está.