La valla de Ceuta deja un rastro de gloria sin reclamar
El salto masivo a la valla de Ceuta se ha cobrado un número indeterminado de vidas. En los datos que circulaban en el debate público, la cifra rondaba el centenar de fallecidos. Pero el dato más revelador es otro: solo dos cuerpos han podido ser identificados. Ningún familiar ha reclamado el resto de cadáveres.
Ese silencio alimenta una lectura tramposa. Hay quien sostiene que si no hay reclamaciones es porque los migrantes eran delincuentes que no interesan a nadie. La realidad es más incómoda: la identificación de fallecidos es una obligación del Estado receptor, y su ausencia dice más de la gestión administrativa que de la vida de esos migrantes.
El dilema entre incivil y cualificación
La discusión se ha polarizado entre quienes ven a los migrantes como una amenaza y quienes recuerdan que, según un reportaje de TVE, muchos de ellos eran diplomados e ingenieros. La misma agresividad verbal que descalifica a los perecid sin conocer su historia es la que impide abordar el problema como lo que es: un desafío demográfico, humanitario y de política exterior.
Mientras el Gobierno mueve piezas —un ferry, autobuses nocturnos, repartos por la península—, los cuerpos sin identificar siguen en las morgues. El cierre del año a las puertas, la cifra que se barrunta de que España llegará a los 50 millones de habitantes antes de Navidad, añade presión al debate.
La realidad desabrigada es que nadie quiere hacerse cargo de los perecid. Ni los gobiernos de origen, ni el Ejecutivo español, ni los debates que prefieren alimentar el repruebo antes que exigir responsabilidades. Mientras tanto, la crisis migratoria se cobra víctimas sin nombre.