Si el troll ya no ofende, ¿para qué sirve el troll?
¿Qué queda de un provocador cuando su público ha dejado de inmutarse? La pregunta recorre una discusión de 140 intervenciones repartidas a lo largo de más de un año, y la respuesta que emerge no es cómoda para nadie: el ofendido también necesita al ofensor. Sin destinatario que se dé por aludido, la provocación se queda sin función, y quien la ejercía se convierte en un actor que repite un papel que ya nadie aplaude. El diagnóstico más repetido es que el objetivo real nunca fue herir sensibilidades, sino
enrarecer el ambiente y enfrentar a grupos entre sí.
Qué hace un troll cuando ya no ofende a nadie
La definición que más consenso concita en el intercambio es la que desplaza el foco: la ofensa es el medio, no el fin. El propósito sería
romper la conversación ajena, tensar a colectivos que no tienen por qué discutir entre ellos y ocupar el espacio común con ruido. Bajo esa lógica, el ofendido cumple una función estructural: sin alguien que se dé por aludido, la provocación no rinde.
De ahí la paradoja que atraviesa todo el intercambio. Si el personal deja de picar, el provocador se queda sin materia prima. Y entonces aparecen dos movimientos que el material describe con precisión: o redobla la apuesta para recuperar la reacción perdida, o se repliega. Hay quien sostiene que
el que se ofende también pierde su razón de ser cuando el otro se apaga, y que en esa angustia intenta revivir al provocador para no quedarse huérfano de conflicto.
El acoso colectivo como supuesto mérito
Una de las corrientes más duras del intercambio sostiene que la retirada del provocador no fue espontánea, sino el resultado de
presión sostenida durante años. Quien defiende esta tesis habla de un plan milimétricamente diseñado y ejecutado, y se apunta el tanto de haber forzado la retirada del adversario hasta recluirlo en el silencio.
La réplica llega con un argumento incómodo: si el troleo ya había decaído por agotamiento propio, quienes lo reactivaron fueron precisamente sus perseguidores. La conclusión que se extrae es amarga: atribuirse la extinción de algo que se apagaba solo no es un mérito, es una forma de seguir alimentando el fuego para poder decir que se apagó. Y una advertencia sobre el método:
una colectividad organizada contra un solo individuo no es una victoria moral, por mucho que se disfrace de misión.
El reloj roto y la cuenta recién creada
La discusión deriva hacia el detalle que desmonta muchas supuestas hazañas: la antigüedad de quien las proclama. Se señala que
una cuenta con meses de vida no puede apuntarse años de batalla contra un adversario al que dice haber derrotado. De ahí la comparación que resume el escepticismo: hasta el reloj parado acierta la hora dos veces al día.
El intercambio también deja un retrato del ciclo de vida del provocador profesional. Quien estuvo conectado a diario durante años pasa a asomarse tres o cuatro veces al mes, suelta su pieza y desaparece en minutos. El diagnóstico que se hace es de agotamiento creativo: el meme repetido aburre a su propio autor, que no encuentra salida airosa y reniega en privado del historial que exhibe en público.
La norma, el sentido común y el desgaste del disidente
Otra línea del intercambio se centra en el marco. Se argumenta que hasta la incorrección necesita una norma para resultar comprensible, y que quien pretende limpiarse el rabo con la normatividad acaba descubriendo que
la norma castiga a sus infractores. La respuesta desde el otro lado es que el personal no llega a un espacio de discusión a que le pongan otro grillete, sino a vociferar y a soltar lo que no puede soltar en su quehacer diario.
El contrapunto llega con una acusación de fondo: quien se presenta como azote del sentido común acaba cortocircuitado por él. La avalancha de realidad, se dice, debería haber aplastado al disidente hace tiempo, y si no lo ha hecho es que ese sentido común no es tan común ni tan universal. El intercambio se cierra con un intercambio de golpes sobre quién llora y quién se ríe, y con la constatación de que
el provocador sigue vivo y molestando, que es exactamente lo que dice buscar.
Al final, la misión del provocador cuando ya nadie se ofende se reduce a una sola cosa:
seguir estando en el centro. El ofendido, por su parte, tampoco tiene incentivo para dejar de ofenderse. Los dos se necesitan, y ninguno lo va a reconocer.