Si el CNI no vio la operación, el problema no es solo de espías
Que el servicio de inteligencia español se enterara de una movilización de gran escala después de que esta se organizara en un grupo masivo de Facebook tiene dos lecturas posibles, y ambas son demoledoras: o el CNI carece de las herramientas para vigilar el ruido digital, o las tenía y prefirió no intervenir. La tercera vía, la del chantaje y el material comprometedor, convierte el fallo en algo peor: inhibición.
El agujero tecnológico del espionaje español
La primera corriente sitúa el problema en la capacidad técnica. Si una operación de esta escala se cuece en redes sociales, el argumento es simple: hace falta un sistema de monitorización masiva, algo parecido a lo que Palantir hace con datos de inteligencia, aplicado a Facebook y sus hermanas. Se discute si el presupuesto es el obstáculo; la sospecha es que el problema no es el dinero, sino contratos inflados y un servicio anclado en otra época. Tampoco falta quien desconfíe de ceder ese poder a una empresa privada.
La sombra de la política y las «palancas»
La segunda lectura es más incómoda. Hay quien sostiene que el CNI sabía lo que se estaba cociendo, pero actuó con las manos atadas: material comprometedor sobre cargos públicos habría neutralizado cualquier respuesta. En esta versión, los servicios de inteligencia dejarían de ser un instrumento del Estado para convertirse en un archivo de sumisión. La deriva política del CNI, arrastrado por las luchas del poder, explicaría por qué se vigila más al adversario interno que a las amenazas reales. La supuesta política exterior hacia Israel, descrita por algunos analistas como «disidencia controlada», sería la prueba de que el relato y la acción son cosas distintas.
Si el CNI no demuestra lo contrario, la conclusión es que la inteligencia española sigue leyendo periódicos cuando el mundo ya está en los grupos de Facebook. Con esa ventaja, el próximo aviso llegará tarde otra vez.