50.000 en Madrid, 100.000 en Ceuta: la aritmética que no cuadra
¿Cómo puede el Gobierno contar a 50.000 personas en una manifestación en dos horas y ser incapaz de contabilizar a más de 100.000 entradas irregulares en un mes? Esa es la pregunta que planea sobre la crisis de Ceuta y que ha reabierto el debate sobre la fiabilidad de las cifras oficiales en España. La comparación no es baladí: mientras la Delegación de Gobierno en Madrid cifraba en 50.000 los asistentes a la concentración del pasado sábado, los datos sobre la avalancha migratoria en la ciudad autónoma apuntaban a más del doble. La diferencia no es solo numérica, es política.
El método Jacobs: la fórmula que decide cuánta gente hay
Para entender el escándalo hay que ir a la técnica. El método estándar para contar multitudes es el de Jacobs, un profesor de Berkeley que en los años sesenta propuso medir la superficie ocupada y multiplicarla por un coeficiente de densidad. Jacobs definió tres escenarios: multitud floja (una persona por metro cuadrado), multitud densa (dos y media por metro) y apretados como en un concierto (más de cuatro por metro). El problema es evidente: entre el coeficiente bajo y el alto hay un factor de cuatro. Sobre la misma foto y la misma superficie, la Delegación aplica el flojo y los convocantes el apretado. El resultado es que el número oficial depende de quién aprieta el botón.
En el caso de Madrid, la Delegación de Gobierno aplicó el coeficiente más conservador para llegar a los 50.000. Los organizadores, con el mismo material fotográfico, hablaban de más de 100.000. La diferencia no es un error de cálculo, es una decisión política. Y cuando la cifra se usa para comparar con una crisis migratoria, la decisión se vuelve aún más sospechosa.
Lynce: la empresa que contaba bien y quebró
La historia de Lynce debería ser obligatoria en cualquier facultad de periodismo. Esta empresa vasca, fundada en 2009, desarrolló una metodología seria para contar multitudes: cámaras de alta definición en edificios altos, un dirigible que tomaba entre 300 y 600 fotografías cenitales y fotógrafos a pie de calle evaluando la densidad por zonas. Nada de mirar y echar un cálculo. En la huelga de funcionarios de Madrid del 8 de junio de 2010, los convocantes dieron 75.000 asistentes y Lynce contó entre 6.900 y 7.300. La diferencia era abismal. Lynce cerró en febrero de 2012, no por presiones ni censura, sino porque la demanda era insuficiente para que la empresa fuese rentable. Ni los medios, ni los convocantes, ni la administración querían comprar el número imparcial. La conclusión es incómoda: el conteo exacto existe, pero nadie lo quiere pagar porque rompe el relato de todos.
La crisis de Ceuta: el otro contador que no funciona
Mientras tanto, en Ceuta, la cifra de entradas irregulares sigue siendo un misterio. Se habla de más de 100.000 personas en un mes, pero el Gobierno no ofrece un número oficial. La comparación es inevitable: si pueden contar a 50.000 manifestantes en dos horas, ¿por qué no pueden contar a los que cruzan la frontera? La respuesta que circula en los análisis es que la precisión es selectiva. Se cuenta lo que interesa contar y se ignora lo que molesta. La crisis de Ceuta no es solo un problema migratorio, es un problema de credibilidad estadística.
La ironía es que, en plena era del big data y la monitorización masiva, la cifra de una manifestación sigue siendo un campo de batalla ideológico. Y mientras tanto, la frontera sur sigue sin contabilizarse. Al final, la pregunta no es cuánta gente había en Madrid, sino por qué el Gobierno necesita que sea una cifra y no otra. La respuesta, como casi siempre, está en el relato. Y el relato, en este país, se construye con números que no cuadran.