El mito del amor adolescente puro: Dostoievski no dijo lo que crees
Hay una idea que reaparece cada cierto tiempo en las conversaciones sobre relaciones: que el amor de la adolescencia es el más puro y verdadero porque a esa edad la mujer aún no es egoísta ni materialista. La tesis se atribuye a Dostoievski, aunque el escritor ruso nunca planteó exactamente eso. En sus obras, como
El adolescente o
Los hermanos Karamázov, lo que exploró fue la pureza de los ideales juveniles frente a la corrupción del mundo adulto, no una supuesta ausencia de materialismo en las mujeres. La juventud representa ahí una etapa de máxima entrega y búsqueda de la verdad que choca contra el realismo cínico y económico de la sociedad. La discusión, sin embargo, va mucho más allá de la filología.
Qué dijo realmente Dostoievski sobre el amor joven
La confusión es frecuente. Se cita al autor de
Crimen y castigo como aval de una teoría sobre la pureza femenina adolescente que no aparece en su obra. Lo que sí hay es una mirada melancólica sobre cómo los ideales de la juventud se van corrompiendo con la edad. En
Noches blancas, el personaje de Nastenka, de 17 años, se compromete con el protagonista cuando su amante parece haberla abandonado; pero en cuanto el otro reaparece, le falta tiempo para plantar al pardillo y volver con él. La escena, leída hoy, funciona como una advertencia sobre la montaña rusa emocional más que como un elogio de la pureza adolescente.
La discusión sobre si el amor adolescente es más puro tiene una capa económica que conviene separar de la literaria. Hay quien sostiene que a esa edad las mujeres están en su fase de mayor hipergamia, con pegatinas de famosos en las carpetas, y que lo que se llama amor es en realidad furor hormonal más falta de experiencia para evaluar el valor real de un hombre. La consecuencia, según esta lectura, es que muchas se entregan de forma estúpida a hombres de poco valor que confunden con líderes. Con la madurez, la hipergamia no desaparece, pero aprenden prudencia y desarrollan mejor análisis para evaluar altura, talla, carácter y otras variables que pasaban por alto cuando solo miraban la popularidad social.
El amor verdadero y la primera entrega: ¿solo se ama una vez?
Frente a esa visión economicista, otra corriente defiende que el amor verdadero es el que se tiene por la primera persona a la que realmente se amó. El argumento es que uno no puede entregar su lealtad, su intimidad y lo más puro de sí mismo más veces. Se podrán amar a otras personas, pero esa entrega, a ese nivel, no volverá a suceder. También se apunta que cuanto más se pierde en una relación de amor extremo, más margen queda para relacionarse bien y de forma sana con uno mismo. Al final, uno puede llegar a tener una historia de amor leal consigo mismo a través de las cosas que consigue hacer bien.
La objeción biológica no tarda en aparecer: lo que se describe como amor puro no sería más que celo, un instinto que comparten todos los mamíferos. Decir que una yegua vieja solo sintió el amor verdadero cuando era joven y la montaron por primera vez es, para esta corriente, una forma de romanticismo antropocéntrico. Otra línea de análisis lo reduce a una reacción química para quedarse embarazada de aquel de quien uno se enamora. La discusión, en el fondo, es sobre si el amor adolescente es un fenómeno cultural o un mecanismo biológico.
La idealización de la juventud como sesgo de memoria
Hay un factor que suele pasarse por alto: el sesgo del recuerdo. Cuando se hace balance de la vida en la edad adulta, se valoran las distintas etapas desde la memoria, lo que ya de por sí adultera la realidad. Para un adulto es normal idealizar la adolescencia y la juventud, porque por lo general las ilusiones están intactas, la vida está llena de objetivos por cumplir y cosas por descubrir, algo que con el paso del tiempo se va reduciendo de manera drástica. La comparación que se hace a veces es reveladora: si alguien tuviera que escribir un año de su vida con 17 o 20 años, escribiría un libro de 400 páginas; si lo hiciera hoy, con un folio y medio contaba el año.
La conversación también deriva hacia la cuestión del materialismo. La tesis inicial sostiene que a esa edad una mujer te quiere por cómo eres, sin cálculo económico. Los datos disponibles en la discusión no permiten confirmarlo ni desmentirlo, pero sí apuntan a que la percepción de pureza puede ser en realidad una proyección del que recuerda. La frase atribuida al siglo XIX ruso —«¿existe alguien que viva bien en Rusia?»— sirve como recordatorio de que la mirada sobre la juventud siempre ha estado teñida de melancolía social.
Al final, la pregunta de si el amor adolescente es el más puro y verdadero se queda sin respuesta cerrada. Lo que emerge es una tensión entre tres relatos: el literario, que idealiza los ideales juveniles; el económico, que los reduce a hipergamia e inexperiencia; y el biológico, que los disuelve en celo y química. Ninguno gana. Y el dato que descoloca es que, según la propia discusión, la entrega de la primera vez no se repite, pero tampoco garantiza que aquello fuera amor y no otra cosa.