Euríbor al 3,13%: la deuda pública cambia el guion de 2008
¿Se viene 2008 otra vez? Con el euríbor al 3,13% la pregunta ha dejado de ser cosa de agoreros. La respuesta honesta: crisis sí, pero nada que ver con la de hace casi dos décadas. La de 2008 la pagó el hipotecado con nómina y ladrillo. Esta la va a pagar el Estado. O sea, todos los demás.
El paralelismo seduce porque es fácil: tipos arriba, inflación, miedo. Pero los números no cuadran con aquel guion. En 2008 la deuda pública no llegaba al 40% del PIB. Hoy supera el 100%, y el PIB va tan maquillado como cualquier telediario de mediodía.
El gasto comprometido que no existía hace 18 años
Aquí está el hueso. En 2008 había medio millón de empleados públicos y dos millones de pensionistas menos. No existían tres millones de personas viviendo del IMV. Una recesión ligera con esa estructura de gasto no te lleva a un bache: te lleva al borde del default o a que alguien de fuera lo pague por ti.
El argumento más incómodo apunta a lo mismo. El sistema aguanta mientras la deuda se refina-
cie barato. Si el coste del dinero sube y el paro repunta, la ecuación se rompe. Y hay quien añade otra capa: una Alemania que se tambalea como Francia no es precisamente una red de seguridad.
Por qué las hipotecas fijas cambian el cuento
Contra el relato catastrofista hay un argumento sólido. Los hipotecones al 110% de tasación inflada ya están ejecutados, liquidados o casi amortizados. Y las deudas grandes de ahora están en tipo fijo y dentro de márgenes prudentes. Podría subir el euríbor dos, tres o cuatro puntos y los impagos apenas se moverían. El desglose fino de ese cálculo da un resultado que sorprende a quien esperaba desahucios en cadena.
No significa que no duela. Firmar hoy una hipoteca es poner los dos riñones en aval. Y mientras menos gente compra, más sube el alquiler. Ahí sí hay pinza, y aprieta. Para una parte de los hogares, el 50% del sueldo se va en pagar techo.
Del ladrillo al diésel: la crisis se muda de sector
La de 2008 fue inmobiliaria. La de ahora se ha mudado al surtidor. Diésel por las nubes, petróleo barato que se acaba y una transición eléctrica que va con calzador. En España circulan entre 1.000 y 1.500 camiones industriales cien por cien eléctricos: un 0,3% del parque de mercancías. Autonomía de 120 kilómetros y seis horas de carga. La grúa que remolca a otra no va a baterías, y menos en Despeñaperros.
El patrón se repite en el resto de la cadena. El litio ni se extrae ni se exporta, con la mina de San José en Cáceres enredada en permisos mientras Australia y Chile ponen precio. El biodiésel necesitaría tres veces la tierra cultivable del planeta. Y la fábrica que podría producir todo eso está, cómo no, en China.
Todo lo que aguanta el país se sostiene sobre una hipoteca pagable, cuatro cañas y el partido del domingo
El diagnóstico que se repite: estanflación
Recesión, inflación alta, paro al alza y tipos subiendo a la vez. Eso no es una crisis inmobiliaria: es una estanflación de manual. Y la estanflación no se queda en la vivienda ni en la bolsa. Toca impuestos, alquileres, seguros y empleo al mismo tiempo, mientras el crédito al consumo empieza a fallar y las empresas dejan de contratar.
Para los más veteranos hay un precedente olvidado: a mediados de los ochenta, con el dinero por encima del 20%, quebró medio país y la clase media perdió a muchos de los suyos. Nadie quiere repetir aquello. Pero el suelo de tipos, hoy, tampoco está claro dónde queda.
Con estas cifras, la construcción debería haberse desplomado sin remedio. En 2005 se iniciaron 658.000 viviendas; para 2026 se estiman 153.000. Un 76% menos. Y el euríbor al 3,13% sigue sin explicar del todo por qué el ladrillo no se hunde. Tranquilos: esta vez es diferente. Como siempre.