La advertencia de un expulsado sobre menores en Ceuta prende el debate
Ceuta, frontera de Europa, lleva años acumulando una tensión que no cabe en los partes oficiales. Esta semana, un vídeo ha convertido esa tensión en el centro de una bronca muy concreta: un hombre identificado como Omar asegura que si los padres dejan sola a una niña de 15 o 16 años, lo normal es que sufra una agresión sexual. Y añade: el fallo es de los padres. O, lo que es lo mismo, la advertencia de un peligro real o la justificación de la barbarie, según quién escuche.
Lo curioso del asunto es que el diagnóstico no es nuevo. La ciudad autónoma acumula décadas de denuncias por la presencia de menores extranjeros no acompañados, redes de menudeo y una economía sumergida que se nutre del paso fronterizo. Pero para que la conversación estalle hacen falta tres ingredientes: un declarante con antecedentes, un micrófono y redes sociales.
El pasado del declarante condiciona la reacción
La primera oleada de reacciones no se hizo esperar. Que un hombre musulmán, con un historial que incluye cárcel por tráfico de drogas y una expulsión de España cumplida —con posterior regreso—, se permita pontificar sobre lo que les puede pasar a las menores ha sido la puntilla para muchos. “Con sus costumbres, que no entren”, sostiene una parte del análisis. Otros van más lejos y recuerdan que el hombre ya fue expulsado una vez, lo que le convierte, a su juicio, en el ejemplo perfecto de la política de puertas giratorias.
Pero no todo es unánime. Hay quien, con el vídeo delante, matiza que Omar no habla de lo que merece una chica, sino de lo que probablemente le ocurra en una ciudad degradada. Un matiz incómodo, porque si la lectura es esa, el problema no es el mensajero sino el mensaje: Ceuta es peligrosa para una menor sola.
Ceuta y Lavapiés, el mapa del malestar
La discusión trasciende la ciudad autónoma. Un comerciante de Lavapiés recuerda que los adultos de la comunidad marroquí de su barrio impedían a los menores entrar en sus propios negocios: sabían perfectamente qué tipo de chavales estaban llegando a los centros de menores. Ese testimonio, que no sale en la prensa oficial, dibuja una realidad que nadie quiere afrontar: la propia comunidad de inmigrantes aplica medidas de autodefensa que contradicen el relato de la inclusión perfecta.
Mientras tanto, la política española asiste a la escena con el freno de mano echado. Unos acusan a la izquierda de callar ante el problema por corrección política; otros denuncian que la derecha utiliza la agresión sexual a menores como arma arrojadiza. Y en medio, Ceuta, con su población —incluida su importante comunidad musulmana— atrapada entre la realidad y el titular.
La pregunta incómoda queda sobre la mesa: ¿qué dice de una ciudad que la advertencia sobre el peligro que corren sus menores la tenga que lanzar un hombre condenado a los ojos de todos? Quizá por eso nadie la quiere firmar.