Sánchez se dirige al país con la mirada vidriosa y nadie se cree su relato
La comparecencia de Pedro Sánchez sobre la crisis migratoria dejó una imagen que dio la vuelta a las redes: el presidente con los ojos enrojecidos, casi al borde del llanto, aferrado al atril. Una escena que muchos interpretaron como el reflejo de un gobierno desbordado, pero que algunos analistas leyeron de forma opuesta: no lloraba por la situación de los migrantes, sino por lo que se le viene encima a él.
En el discurso, Sánchez repitió el guion de siempre: “España es un país de acogida”, “se demuestra que en España se vive mejor”, y anunció un plan de legalización exprés. La promesa de que “nadie se va a quedar atrás” sonó bien, pero chocó con la realidad de Ceuta y Melilla. El presidente llegó a calificar estas ciudades como “zonas atractivas”, frase que muchos tomaron como un sarcasmo en plena presión migratoria.
La desconfianza como denominador común
Lo que más llama la atención de esta comparecencia no es lo que dijo, sino cómo fue recibido. La credibilidad de Sánchez está bajo mínimos. El “no me creo nada” se impone, incluso antes de escuchar. Se le acusa de manipular el relato y de vender una España que no existe. En el plano económico-político, se argumenta que el PSOE trata el país como una empresa que se puede vender a trozos o arruinar; y que la propaganda mediática sustituye a la gestión: 24 horas calificando de “crisis migratoria” a lo que también se presenta como destino atractivo.
El detalle que descoloca viene al final. Si Ceuta y Melilla son tan atractivas, ¿por qué los que llegan arriesgan la vida? Esa contradicción resume el estado de un discurso que ni el propio presidente parece creerse. Cuando el llanto se contiene, lo que sale es una retórica vacía; y los ojos delatan lo que las palabras intentan ocultar.