Miles de mensajes para auditar las muertes repentinas
Un recopilatorio ciudadano acumula ya miles de mensajes con un único propósito: enlazar, etiquetar y archivar las muertes repentinas que publica la prensa, casi siempre la local y la provincial. Detrás no hay ninguna estadística oficial, ningún registro civil, ninguna sociedad médica. Hay una contabilidad artesanal, casi notarial, que lleva tiempo sumando casos a diario y que se ha convertido en la referencia oficiosa de quienes sospechan que el goteo de infartos, tumores fulminantes y desvanecimientos al volante ya no cuadra con lo normal.
La intuición que lo alimenta es sencilla: casi nadie muere ya de muerte natural en los titulares. La gente se desploma, se ahoga, es encontrada sin vida, arrastra una larga enfermedad de tres semanas o se desvanece en una recta perfecta de autovía. El lenguaje con el que se despacha el fallecimiento cotidiano, sostienen, es un lenguaje que esconde.
El proyecto arranca como segunda parte de un recopilatorio anterior, del que sus responsables dicen haber salido huyendo por desacuerdos de gestión, y hoy funciona como trabajo coral. Unos rastrean la prensa provincial. Otros firman el relato del día. Otros discuten las cifras oficiales que se cruzan por el camino. Lo que se archiva no son certezas, sino
titulares. Y esa es, probablemente, la clave de todo.
Qué es la repentinitis y cómo se etiqueta cada caso
El método tiene su propia jerga, y esa jerga resume el proyecto entero. Cada fallecimiento recibe una etiqueta. Está la
repentinitis, término paraguas para la muerte súbita sin causa explicada. Está el
turbocáncer, para los tumores diagnosticados y liquidados en semanas. Está la categoría de los hallados por el clásico procedimiento de la casa que huele mal, la de los que aparecen flotando, la de los que se caen en una recta sin tráfico.
Dos fórmulas se repiten hasta el soniquete. La primera es
un accidente = un muerto, la sospecha de que detrás del siniestro hay un desvanecimiento previo que nadie menciona y que la Guardia Civil investiga sin encontrar. La segunda es
hallanencuentranaparece, el juego con los verbos con que los medios anuncian un cadáver sin explicar de qué murió. Un participante llegó a compilar una lista de eufemismos que, leída del tirón, parece un prontuario clínico: síndrome del pescado fuera del agua, síndrome de inmersión, ahogamiento incompleto, descompensación, desplome, spin de la muerte, larga enfermedad, causas desconocidas.
Otras etiquetas son más domésticas y bastante más crueles. La
RAR —repentinizada a remojo— describe a quien muere en una piscina o en el río. Los episodios de conductores que pierden el conocimiento al volante, se salen de la vía y arrasan lo que pillan se bautizaron como
Mad Max. Cuando el siniestro involucra maquinaria pesada, la sección se titula, sin pudor,
la rebelión de las máquinas.
El goteo diario: motoristas, tractores y playas
El volumen es la parte que más impresiona a quien llega nuevo. La compilación no se alimenta de casos exóticos, sino del paisanaje. Un motorista que se cae en parado y queda grave. Un tractor que vuelca por un desnivel de tres metros. Un conductor que encula al tráiler que le precede en una autopista sin curvas. Una conductora que se sale de la vía en una recta como un aeropuerto, vuelca y queda atrapada.
A esos se suman los fallecidos de toda la vida, los que aparecen en casa, en el arcén o en el paseo marítimo, y las esquelas de deportistas, periodistas y vecinos ilustres. La mezcla es deliberada: al lado del famoso está el anónimo, y al lado del infarto está el accidente de tráfico, porque lo que se quiere demostrar es precisamente que la frontera entre ambos se ha vuelto porosa.
Quien mantiene el registro resume la jugada en una frase recurrente: un accidente, un muerto. La consigna funciona como estribillo y como advertencia. Cada salida de vía sin explicación, cada colisión en línea recta, cada desvanecimiento que acaba contra un muro es una pieza más del mismo patrón.
Los números que el registro esgrime como prueba
Cuando la compilación quiere discutir con los datos oficiales, no recurre a sus propias listas. Recurre a las ajenas. Y ahí aparecen titulares que, sacados de su serie histórica, impresionan.
Uno de los más repetidos es autonómico: Galicia registró la muerte de
47 trabajadores en accidentes laborales durante los nueve primeros meses de 2024, un
11,9% más que los 42 del mismo periodo de 2023, y la mayor parte de esos siniestros se produjo por infartos y derrames cerebrales, atrapamientos y accidentes de tráfico. Otro es sanitario: solo en un área hospitalaria de Pontevedra se atendieron
1.397 casos nuevos de cáncer en un año, casi un 40% más que antes de la pandemia.
A esos dos se suman el aumento del
40% del cáncer de piel en cuatro años, las
32 muertes en Corea del Sur tras la campaña de vacunación de la gripe, los
seis bomberos fallecidos en tres meses en una región inglesa o los
seis participantes muertos en los ensayos de la vacuna de Pfizer, de los cuales cuatro habían recibido el placebo. Ninguno de esos titulares demuestra por sí solo nada. Juntos, sostienen, forman un ruido que ya no se apaga.
El registro también anota contrastes más incómodos. En el homenaje a los fallecidos del año de una gran gala de premios, un participante contó no menos de cuarenta nombres repartidos en cuatro o cinco tandas, algunos muy jóvenes. Su comentario fue una sola frase: la canción que sonaba era
si tú no estás aquí.
De la segunda parte a las mil páginas: cómo cambió el tono
Los veteranos del recopilatorio coinciden en que el ritmo se disparó. Si al principio la cosa rondaba uno o dos casos diarios, en los meses duros se llegó a
dos o tres al día declarados. Después llegó una frase que se convirtió en chiste recurrente —
en Canarias no se muere nadie, en alusión a las estadísticas autonómicas— y, de propina, la sospecha de que los números oficiales de esa comunidad no cuadraban con el goteo de noticias.
La conversación también fue desplazando el foco, de lo anecdótico a lo sistémico. Al principio se sumaban casos y se comentaban desgracias. Después se empezaron a discutir registros públicos, protocolos de farmacovigilancia y proyectos de decreto. Una de las campañas más comentadas fue el envío masivo de correos contra el futuro sistema de información de vacunaciones, considerado por los firmantes un ataque a la intimidad y a la protección de datos, con acuse de recibo a la dirección de información pública del ministerio.
Y en el tramo final asoma un material que no es español. Un estudio preliminar atribuido a científicos de Yale sobre agotamiento de células T y persistencia de la proteína Spike en algunos vacunados circuló como la pólvora. Con un matiz que casi nadie subrayó: era un
preprint, es decir, un trabajo pendiente de revisión por pares.
Qué le falta al registro para ser una prueba
Aquí está el nudo, y quienes mantienen la lista lo saben mejor que nadie. Una recopilación de noticias no es un estudio epidemiológico. La prensa local no publica todas las muertes, solo las que le llegan. La causa rara vez se detalla. Y la comparación con el pasado se hace a ojo, sin denominadores.
En la propia compilación conviven dos lecturas opuestas. Una sostiene que la sucesión de infartos en gente joven y deportista no tiene precedente en la experiencia directa de quienes escriben: cuarentones que salen en bici y no vuelven, vecinos de sesenta que aparecen en la cama, compañeros de trabajo con tumores fulminantes. La otra responde con retranca que el infarto fulminante siempre ha existido y que lo único que ha cambiado es la edad de quien mira: a los veinte no se te moría nadie, a los sesenta se te muere todo el mundo.
El argumento más citado para desmontar la estadística oficial es el sesgo de registro. Antes, morirse de un infarto un martes en la oficina acababa en una esquela que nadie leía. Ahora acaba en un portal, en un mensaje y en el buscador de turno, y lo lee un algoritmo. Nada de eso convierte una coincidencia en una causa. Pero, replican, tampoco convierte automáticamente en ruido una pregunta.
Lo que cuentan los propios afectados
La parte más delicada del registro son los testimonios en primera persona. Hay quien relata dos trombosis venosas de origen desconocido tras dos dosis, sin que los médicos hayan dado con el motivo. Hay quien cuenta que su abuela, de 91 años y salud de hierro, sufrió un ictus que no le correspondía. Hay quien habla de una fisioterapeuta de 40 años operada de vesícula sin patologías previas.
Son relatos personales, sin historia clínica a la vista, imposibles de verificar y, por tanto, imposibles de sumar. Tampoco sirven como prueba en sentido contrario: que una persona cuente un caso no demuestra nada sobre millones. Pero explican el tono de urgencia y la desconfianza hacia las series oficiales que recorre toda la compilación.
Ahí conviven también las hipótesis que la propia comunidad discute sin ponerse de acuerdo. Los diagnósticos de autismo en el entorno familiar, la comparación con comunidades que no vacunan, las infecciones que antes eran leves y ahora derivan en sepsis. Todo se lanza sobre el mismo tablero y todo se queda, casi siempre, sin cerrar.
Los famosos que promocionaron la vacuna y luego enfermaron
La sección más leída es, con diferencia, la de caras conocidas. El patrón que buscan sus autores es siempre el mismo: alguien que difundió públicamente la vacunación y que, meses o años después, ingresó o falleció. El registro lo subraya con capturas de la promoción y con la noticia del diagnóstico o del óbito, sin establecer relación de causa entre ambos hechos, porque no puede.
Desfilan por ahí un presentador estadounidense de 39 años que había animado a vacunarse desde sus redes; un cantante coreano de R&B de 43 hallado sin vida en su casa; un rapero italiano ingresado de urgencia que había anunciado su tercera dosis junto a su pareja; una mujer de 60 años con un cáncer de pulmón recién diagnosticado. Ninguna de esas enfermedades tiene, en los enlaces que se comparten, la vacuna como causa declarada. Lo que el registro mide no es una causalidad, sino una
ironía narrativa.
De fondo queda la pregunta que no se responde ni con capturas ni con subtítulos: si el contraste entre el mensaje público y el desenlace privado demuestra algo, o solo demuestra que a los famosos les pasa lo mismo que a todos los demás, con más testigos.
El caso que sí llegó a los tribunales y a la fiscalía
Donde la lista deja de ser una lista y entra en el terreno de los hechos documentados es en los casos judicializados. El más citado es el de un docente de Barcelona que se vacunó con AstraZeneca en febrero de 2021, semanas después empezó a sangrar por la boca y acabó una semana en la UCI con un trombo en el pulmón, otro en la vena porta y las plaquetas por los suelos. El diagnóstico fue una trombocitopenia inmune trombótica inducida por vacuna, conocida por sus siglas, VITT.
El hombre compareció en 2022 en una comisión parlamentaria sobre la vacuna y en 2023 en la Fiscalía de Salud Laboral. La respuesta de la Administración, según el relato recogido, fue exculparse: la inyección había sido voluntaria. Ese detalle, el de la voluntariedad como escudo jurídico, es el que más ampollas levanta y el que convierte una estadística en un problema de derecho.
A partir de ahí la conversación se bifurca. Una parte pide indemnizaciones y registros públicos de reacciones adversas. Otra recuerda que el sistema de farmacovigilancia notifica sospechas, no diagnósticos, y que confundir ambos términos es la manera más rápida de inflar una cifra hasta que deje de significar nada.
Con el tiempo, el recopilatorio sigue publicando cada mañana. Cambian los nombres, cambian las provincias, se repiten los verbos. ¿Cuántos fallecimientos súbitos hacen falta para que una anécdota pase a ser un dato? El registro lleva ya miles de respuestas y ninguna respuesta.