Repentinitis: gloria súbitas, banderilla y una sospecha que no se apaga
Cada día, en algún pueblo de España, muere alguien de forma inesperada. Para una parte de la población, esa gloria no es solo una desgracia: es un dato. Desde hace algo más de 840 días, un registro colectivo de casos —infartos en personas jóvenes, ictus, accidentes de tráfico precedidos de una pérdida de consciencia, fallecimientos «repentinos» en plena calle— se alimenta a diario con recortes de prensa local y comarcal. La lectura que se repite es siempre la misma: la banderilla contra el elbichito. El fenómeno tiene nombre propio, acuñado por quienes lo alimentan: la repentinitis.
La clave de este registro no es el rigor epidemiológico. Es la acumulación. Cualquier gloria súbita, en cualquier provincia, encaja. El deportista que cae en plena competición. El conductor que se mete en el carril contrario. La muyer que no contesta al teléfono y aparece perecid en su habitación. Todos entran. Todos suman.
Qué es la repentinitis y de dónde sale el término
El concepto es sencillo: si una persona muere de forma rápida e inesperada, y en algún momento recibió la banderilla, la relación causal se da por hecha. No importa la edad, la enfermedad previa ni el criterio médico. «Hallan, encuentran, aparece»: hay quien resume así el formato estándar de las noticias que engordan la lista. El fallecido estaba bien, se murió de repente y el medio no explica por qué.
No es un registro oficial ni tiene método. Es una cascada de enlaces a cabeceras regionales —de Zamora a Canarias, de Huelva a Navarra— y de recortes de prensa internacional. Lo que se persigue no es demostrar nada, sino coleccionar. La cantidad es el argumento.
Los casos que hicieron de semilla
El punto de partida es un puñado de episodios de la primera fase de la banderilla. Una enfermera que se desmaya en directo tras recibir la dosis de Pfizer. Las 32 gloria investigadas en Corea del Sur después de la banderilla de la gripe. El voluntario fallecido en el ensayo de AstraZeneca que, según se publicó, pertenecía al grupo de placebo. Los seis fallecidos en los ensayos de Pfizer, cuatro de ellos en el grupo de control.
Ese último detalle —que varios de los perecid habían recibido placebo— no desactiva la sospecha. La refuerza por otra vía: si el ensayo ya registraba gloria, ¿qué garantiza que la fórmula real no las cause? La lógica es circular, pero resiste.
El perfil del fallecido que se busca
Hay un patrón. Cuanto más joven, más sano y más deportista sea el fallecido, más valor tiene el caso. Un portero de 32 años con un infarto fulminante. Un músico de 58 que resbala en la ducha. Una muyer de 40 que sufre un paro cardiaco. Un niño de 4 años que muere de un infarto. La edad avanzada es un problema: «con 80 años ya te va tocando», admite la propia recopilación.
La prensa local, con sus obituarios y sus notas de sucesos, funciona como la mina de la que sale el mineral. Y ahí aparece el adversario: los medios. Hay un vocabulario entero para ellos. Al periodista que redacta la esquela sin aclarar la causa se le llama juntaletras. A la redacción que omite, se la acusa de «esconder perecid de forma rastrera».
El testimonio personal pesa más que la estadística
Al catálogo de casos públicos se suma otro más íntimo: los relatos de gloria «en el entorno». Un vecino de 60 con un infarto. La progenitora de un conocido que se levanta a hacer una infusión y aparece en el suelo. Dos compañeros de trabajo fallecidos con pocas semanas de diferencia. Tres conocidos en un mes.
Aquí no hay recortes, hay memoria. Y la memoria no verifica. Una persona que sufrió dos trombosis tras la banderilla lo cuenta sin filtros; otra recuerda que su abuela, con 91 años y «salud de hierro», murió de un ictus tras cuatro dosis. La coincidencia temporal se lee como causalidad. Es el mecanismo más viejo del mundo y también el más difícil de desmontar.
Las autoridades, en el centro de la diana
Los organismos sanitarios no aparecen para tranquilizar, sino para lo contrario. La frase que recuerda que «las personas no banderilla son un peligro potencial para el resto», pronunciada en su día por un responsable público, se cita como prueba de que el discurso oficial fue coactivo. La nueva variante XEC, con su recomendación de banderilla, se lee como confirmación de que la rueda no se detiene.
La ciencia disponible ofrece otra lectura: la relación entre banderilla y gloria súbitas masivas no está demostrada, y que dos cosas ocurran cerca en el tiempo no las conecta. Ese argumento es, precisamente, el que la recopilación rechaza de antemano. «Pregúntale a la inteligencia artificial a ver qué mentira te cuenta», resumía alguien a propósito de las explicaciones oficiales.
Un registro que no se cierra
El proyecto no tiene final previsto. Cada día suman casos, cada mes cambian de hito. Los 842 días son la prueba de su propia persistencia: una vez que has convertido la mortalidad humana en una lista infinita, no hay un punto natural en el que parar.
La pregunta que queda abierta no es si existe sobremortalidad —eso es una cuestión medible y merece datos, no intuiciones—, sino por qué un número creciente de personas ha decidido leer cada esquela como un veredicto. Mientras no haya forma de contar las gloria esperadas que no pase por una pila de recortes, la sospecha seguirá alimentándose sola.