Woodstock 1969: ni 400.000 personas ni 10.000, según quién cuente
Cuatrocientas mil personas. La cifra se repite tanto para el festival de Woodstock de 1969 —celebrado en la granja que cedió el propietario
Max Yasgur— que ya no funciona como dato, sino como dogma. Y los dogmas aguantan mal una pregunta de sentido común: ¿cómo se contó a esa gente en medio de un prado?
¿De dónde sale la cifra de 400.000 asistentes?
No había tornos. La asistencia a una concentración al aire libre se estima, no se mide, y ahí arranca todo el lío. El método más citado es
de andar por casa: buscar tomas aéreas del evento, medir sobre un mapa la superficie ocupada y multiplicarla por una densidad media de personas por metro cuadrado. El cálculo completo, desglosado tramo a tramo, es el que separa una cifra de otra.
Porque la densidad es justo la variable que nadie fija igual. Y ahí aparecen los desacuerdos. Frente a las
400.000 de la versión más extendida, hay quien sostiene que allí no hubo ni
10.000 personas, y quien directamente eleva la cifra a
seis millones. En medio queda un matiz que resume el escepticismo: puede que hubiera 400.000 cuerpos, que no es lo mismo que 400.000 personas presentes durante todo el evento.
Seis millones, 1,6 millones o unas decenas de miles: las cifras rivales
Woodstock quizá no fue ni el récord que presume. Según las cifras que circulan, el Monster of Rock celebrado en Moscú en 1991 habría reunido a
1.600.000 personas, y la nochevieja de 1994 en la playa de Copacabana con Rod Stewart se disputa otro puesto en ese podio imaginario. Comparar aforos de conciertos es un
deporte de sobremesa: cada organizador cuenta a su favor y ninguno enseña la hoja de cálculo.
Lo llamativo es la magnitud del desacuerdo. Pasar de 10.000 a 6 millones no es un margen de error, es un cambio de universo. Si el dato fuera de una auditoría, nadie lo firmaría. Pero es un festival, y los festivales se miden con la
épica, no con una calculadora.
La teoría de que la CIA organizó Woodstock
Aquí el asunto deja de discutir números y entra en el relato. Se argumenta que las grandes concentraciones de masas rara vez son espontáneas, que detrás hay poderes económicos interesados en fabricar identidad y fidelizar consumidores, y se pone en la misma lista un festival de música y una peregrinación religiosa. La versión más extrema, la de que Woodstock fue una operación de la CIA para desactivar a la juventud, no cuenta con ninguna prueba: es una afirmación sin respaldo por mucho que se repita.
Lo verificable es lo otro. Donde hay una multitud hay un negocio, y donde hay un negocio hay alguien interesado en que la cifra de asistentes sea lo más alta posible. Eso no convierte a los organizadores en agentes de nada, pero explica por qué la cuenta nunca baja.
La próxima vez que alguien suelte las 400.000 personas de Woodstock con seguridad absoluta, conviene recordar de dónde vienen: de una estimación sobre una foto. Puede que aquello fuera el mayor festival de la historia. También puede que fuera, según la versión más escéptica, una reunión bastante más modesta con una leyenda muy bien construida.