Eurotragalefas: la identidad rota del español en Europa
Hay una palabra que condensa décadas de emigración, complejos y orgullos mal digeridos: eurotragalefas. No está en la RAE, pero en los foros de economía y política describe a ese español que se esfuerza por sentirse europeo y acaba percibido como un advenedizo. La discusión, bronca y sin concesiones, ha vuelto a aflorar.
El argumento de que los españoles han sido siempre bien recibidos en Europa choca con una realidad más matizada. Quienes vivieron la emigración de los 60 y 70 saben que el recibimiento fue frío, cuando no hostil. Las generaciones posteriores, con más formación, han logrado integrarse mejor: hay españoles casados con franceses, alemanes, suizos; han levantado negocios y vuelto con ahorros. La valoración general de España como destino turístico, sanitario y cultural ha mejorado la percepción de sus ciudadanos.
Pero persiste una corriente de pensamiento que acusa a ciertos españoles de arrastrar un síndrome de inferioridad. Se les tacha de querer ser lo que no son, de renunciar a su identidad por un pasaporte que nunca les dará estatus pleno. En el otro extremo, hay quien defiende que la emigración fue una oportunidad y que el retorno ha inyectado capital y experiencia en la economía española.
El debate, en el fondo, no es sobre Europa: es sobre cómo los españoles se ven a sí mismos. Entre el orgullo de haber conquistado un lugar y la frustración de sentirse siempre un poco fuera, la discolución de esa tensión no parece cercana. Con la libre circulación consolidada y nuevas oleadas de jóvenes cualificados buscando oportunidades, la pregunta sigue abierta: ¿ser español en Europa es un lastre o un activo?