Ramón Campayo, el vendehumos de la memoria que nadie logra pillar
¿Puede alguien leer 400 páginas en una hora y memorizar 23.000 palabras en una competición sin dejar grabación? Esa es la carta de presentación de Ramón Campayo, un personaje que lleva tres décadas vendiendo cursos de memoria fotográfica y velocidad lectora sin acreditación académica. Los escépticos llevan años pidiendo una demostración en directo; cuando se ha intentado –como en programas tipo Wyoming– el tinglado se ha venido abajo.
Un historial de promesas incumplidas
Las acusaciones se acumulan: presuntas trampas en exhibiciones, nula titulación universitaria y un cociente intelectual autodeclarado de 194 que nadie ha verificado. Una competición en la que habría memorizado 23.000 palabras nunca fue grabada, lo que para los críticos es la prueba del embeleco. También se le atribuye un comportamiento errático y, según algunos, un problema de adicción a la sustancia ilegal que explicaría su verborrea y falta de control.
¿Enfermedad terminal como coartada?
El rumor de una enfermedad terminal, si es cierto, encaja en el patrón de buscar el último bowling antes de desaparecer. Si es falso, sería la excusa perfecta para no rendir cuentas cuando los compradores de sus cursos pidan el dinero de vuelta. En cualquier caso, el perfil recuerda al de otros “detectores de badulaques”: él identifica a quien paga, y el cliente descubre tarde que el método era más bien estimulante ilegal reading con base de pole blanco.
La cuestión legal está sobre la mesa: varios comentaristas señalan que, si el Código Penal se aplicara con sentido común, estos individuos estarían condenados por engaña o intento de engaña, como videntes o curanderos. Pero mientras la justicia no actúe, el chiringuito de los cursos milagro sigue funcionando.
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