Fallout, el manual que la élite esconde en cada fotograma
Un cachorro que pesa menos de diez onzas —unos 300 gramos— acaba en la incineradora. El siguiente se salva: la báscula marca nueve. La escena dura segundos y, para una parte del público de
Fallout, la adaptación televisiva de la saga de videojuegos, resume el manual que la serie estaría desplegando: quién decide qué vidas cuentan y con qué criterio se descarta al resto. De ahí sale una lectura que lleva tiempo creciendo: la de que la ficción cifra, en objetos, números y encuadres, los
protocolos con los que una élite planifica el mundo a siglos vista.
¿Qué lee el análisis simbólico en Fallout?
La tesis de partida es sencilla. Tras los periodos de expansión vienen los de contracción y, con ellos, una suerte de arrepentimiento: solo se valora lo que se tiene cuando se pierde. En esa fase, sostiene esta lectura, una élite decide que
sobra gente y reparte entre generaciones tanto los recursos como el relato que los legitima. La dificultad no está en el plan, sino en los humanos y sus facciones. El método es el viejo
divide et impera, enfrentar a los grupos entre sí para gobernarlos mejor.
Hay lecturas más literales. La protagonista saldría de la élite: se la describe como una reina situada en un plano superior, mientras su escudero, el templario Titus, aparece con una pierna adelantada y doblada en señal de sumisión. Los
ojos claros y saltones de Lucy, se argumenta, no están puestos ahí por casualidad: «nos quieren a su imagen y semejanza» para pasar más desapercibidos. El resultado sería un plan de siglos ejecutado desde dentro de su propia secta.
El búnker como experimento controlado y el plan de siglos
La pieza que, según esta corriente, lo ata todo llega en el tramo final. En la superficie, el mundo real, habría estallado una
guerra nuclear entre dos facciones. Pero la empresa encargada de la defensa sería la que diseña el plan: al detonar ella misma las bombas elimina de un golpe a su competencia y, acto seguido, cada bando funda su propia civilización bajo tierra, en búnkeres convertidos en sociedades controladas. Es el mismo esquema que se atribuye a
WestWorld o a
Matrix: un mundo devastado fuera, una simulación vigilada dentro.
De ahí cuelgan otros conceptos recurrentes: la fusión fría como «piedra fría de los hiperbóreos», la salida de la protagonista a la superficie atravesando una luz como viaje interdimensional y el robot que representaría a la gran mente que ejecuta el plan. El necrófago del sombrero, por su parte, se compara con el arquetipo del pistolero que empieza con sombrero blanco y acaba con el negro.
Los números que sostienen la lectura: 33, 31 y 101
Aquí es donde la interpretación se vuelve numerológica. El
Refugio 33 remitiría a la ascensión de la energía Kundalini a través de las vértebras y a la fusión fría como síntesis de opuestos. El
31 sería el 13 al revés, y por eso alberga hibernando a los componentes de la élite. El código de acceso del padre de la protagonista contiene el
101, que en argot de internet se lee como LOL. La referencia a las tres efes —feo, fuerte y formal— se descifra como 666, porque la F es la sexta letra del alfabeto.
La lista sigue: una sola toma con el 11, el 33 y el 666; el perro que se salva por pesar nueve onzas; el 9/11 escondido en la escena de la incineradora. Para unos es un sistema cerrado y coherente. Para otros, el ejemplo perfecto de que con suficiente imaginación cualquier fotograma confirma cualquier tesis.
La objeción: 10/10/97 es la fecha de lanzamiento del videojuego
El contrapunto más duro llega desde dentro. Frente a quien ve en 10-10-97 una clave secreta, la respuesta es que es, sin más,
la fecha en que se estrenó el videojuego original en PC. Y frente al desglose simbólico, el argumento de que a la élite precisamente le conviene que se dedique el tiempo a este tipo de análisis: cuanto más se busca el mensaje oculto en la ficción, menos se mira lo que ocurre fuera de la pantalla.
Esa corriente también señala lecturas más pedestres. Un personaje marcado en rojo con una letra se lee como referencia al esclavismo y a la opresión sistemática, y la hermandad armada de la serie como una institución que trae guerra y trato brutal, donde se asciende siendo el más inmoral. La líder de la comunidad agrícola, en cambio, se interpreta como el reverso. Dos maneras opuestas de contar la misma serie.
De la endogamia de élite al control mental
En el
minuto 40:33 de uno de los episodios aparece otro tema: la endogamia de la élite. No solo casarse entre iguales, sino el cierre social que restringe el acceso a las posiciones clave con barreras formales e informales. El paralelismo con España se hace a tres bandas: los consejos de las grandes empresas, la universidad y las puertas giratorias entre política y sector privado, con el poder concentrado en pocos apellidos y trayectorias.
La segunda conexión es el control mental. El fin del trauma, se sostiene, es transformar la mente y, con ella, la vida del sujeto; la víctima pasa a ser verdugo. La lectura enlaza con el chip de la segunda temporada, colocado en la nuca y manejado por mando a distancia para neuromodular a quien solo usa la fuerza bruta. La canción que suena de fondo,
Cheek to cheek, se pronuncia de oído como
chip to chip.
El ritmo de la segunda temporada divide al público
No todo es hermenéutica. La segunda entrega se ha recibido con división de opiniones: hay quien la califica de
tostón, con relleno y sin ritmo, y quien defiende que el último episodio conecta todos los puntos y suelta toda la información de golpe, a propósito, para que no se pueda procesar. Y al menos un usuario anuncia que abandona el hilo por aburrimiento. Otra discute si el sesgo ideológico de la producción le gana o le pierde. Y el detalle más celebrado: la serie recupera clásicos como Raphael en lugar de recurrir al reguetón.
Con estos mimbres, cada fotograma sostiene dos conclusiones opuestas a la vez. Unos ven un plano de ingeniería social documentado con precisión; otros, un ejercicio de encontrar patrones donde solo hay guion. El dato que descoloca está a la vista: el código de acceso del padre de la protagonista, 101, se lee en internet como LOL. Para unos es una broma interna. Para otros, la confirmación de que nada en pantalla está puesto al azar.