Mito y realidad de abrir un bar en China siendo español
En Shenyang, 83 metros cuadrados, dos habitaciones, jardines privados y un lago artificial dentro de la urbanización, a quince minutos del metro: 1.400 yuanes al mes. Alrededor de 170 euros. En casi cualquier capital española con metro, ese mismo alquiler multiplica por seis. La cifra no sale de un trinc inmobiliario, sino de las cuentas que maneja un español que vive allí y que, a cuenta de si se puede abrir un bar en China, empezó a soltar facturas una detrás de otra.
La pregunta de partida esconde una premisa falsa: que un español no tiene derecho a abrir un negocio en China. No es verdad, o no del todo. Y la letra pequeña resulta bastante más interesante que el titular.
¿Se puede abrir un negocio en China siendo español?
La barrera no es la nacionalidad, es la residencia. Con permiso de residencia, una dirección local que la inspección pueda visitar y una cuenta bancaria de empresa, la sociedad se constituye sin socio chino obligatorio. Quien lo ha hecho compara sin nostalgia el trámite con darse de alta como autónomo en España: menos dinero y menos vueltas. Hay incluso un incentivo fiscal llamativo: si la sociedad factura por debajo de 300.000 yuanes en el trienio, los dos primeros años no paga impuesto de sociedades.
El muro está en otro sitio. China no tiene nada parecido al arraigo. Su Ley de Administración de Entradas y Salidas, vigente desde el 1 de julio de 2013, no contempla regularización por tiempo de permanencia. La estancia irregular se salda con apercibimiento y, en casos graves, multa de 500 yuanes diarios con tope de 10.000, o detención administrativa de cinco a quince días. Si además se acredita trabajo no autorizado, repatriación y prohibición de reentrada de uno a cinco años. Con ese expediente, nadie monta una terraza.
Por qué no hay un bar de cañas en un pueblo de Hunan
Que se pueda no significa que salga a cuenta, y aquí la pregunta original se desmonta sola. La restauración china es amplísima, barata y con un paladar propio muy difícil de torear. Quien lo ha intentado coincide: o cocina española o italiana de gama alta en el centro de una ciudad grande, o nada. Un bar de barrio a precio de barrio en una capital interior no recibe un solo cliente.
La asimetría de fondo no es legal, es de mercado y de costumbre. En España se entra a cualquier local aunque nadie hable español: se señala la carta y se come. En China, un bar regentado por un extranjero que no habla mandarín tiene muy complicado llenar la barra con clientela local.
Y del lado español hay otra pata que casi nadie menciona: miles de propietarios de bares se jubilan cada año y sus descendientes no quieren catorce horas de pie y fines de semana. El traspaso se cierra con quien esté dispuesto a trabajar más y quejarse menos. Eso explica más locales cambiados de manos que cualquier plan quinquenal.
El relato del plan estatal chino y lo que no cuadra
Circunstancias hay, desde luego. Circula la tesis de que la implantación comercial china en España no responde al patrón migratorio clásico, sino a una estrategia estatal con compra de deuda pública como moneda de cambio, acceso a mercancía a precios de dumping y financiación del desembarco. La hipótesis se apoya en hechos ciertos —el peso del Estado en la economía china, la política industrial, las cadenas de suministro— y se estira hasta convertirse en explicación total.
La geografía no termina de encajar. Hay zonas donde el flujo se ha frenado y donde los bazares ya no los atienden compatriotas, sino trabajadores de otros orígenes. Tampoco encaja con el ahorro: la tasa de ahorro privado china se sitúa en torno al 70% del PIB, una cifra imposible de sostener con asalariados al servicio de una embajada y bastante compatible con familias que guardan hasta el último yuan. El coste de la vida hace el resto: alquileres de 2.200 yuanes para dos habitaciones con aire acondicionado en urbanización privada, gas y luz baratos, y salarios de fábrica que en algunas zonas rondan los 750 euros.
Reciprocidad: lo que se firma y lo que no
El argumento que sostiene todo el enfado es la reciprocidad, el mismo que se aplica a los aranceles: si tú puedes comprar una casa y montar un negocio en mi país, yo debería poder hacerlo en el tuyo. Sobre el papel, la reciprocidad existe. En la práctica, España mantiene un régimen de regularización por arraigo que China no tiene ni de lejos, y esa asimetría es la que escuece. No es que un español no pueda: es que el itinerario para llegar a poder es distinto, y en un caso se recorre desde dentro y en el otro desde fuera.
El dato que descoloca
En el país donde supuestamente un español no puede abrir ni un bar, la sociedad se registra con residencia y dirección, los dos primeros años no se paga impuesto de sociedades si el volumen es pequeño, y 83 metros con lago artificial salen por menos que una habitación compartida en muchas ciudades españolas. En el país donde todo es facilidad, el autónomo paga cuota desde el día uno y espera licencias. Ya nadie discute si la hostelería española aguanta: se discute quién la hereda.