1,5 toneladas de comida donada: la letra pequeña del gesto
Póngase a llenar un palé. Pan de molde, chorizo vela, manteca colorá. Así hasta sumar tonelada y media. La idea suena redonda: se compra comida no perecedera, se carga en un camión y se entrega para atender a quienes aguardan en el entorno del CETI, en Ceuta. El cálculo de la cesta parece sensato —productos fáciles de transportar y con suficientes calorías— hasta que se choca con la logística de verdad.
Qué comida aguanta el viaje y cuál no
La regla la marca la caducidad, no la generosidad. Embutidos curados, conservas, pan industrial y grasas vegetales soportan el transporte y el almacén; lo fresco, no. Sobre esa base se organiza cualquier donación alimentaria, y de ahí salen las gripes. Hay quien sostiene que basta con mortadela y proteína barata para alimentar a mucha gente. En contra pesa otro argumento: las latas arrumbadas en el trastero durante años acaban volviendo al circuito solidario como si fueran un favor.
Quién paga el reparto una vez llega
El desembolso inicial lo asume quien dona, pero el funcionamiento diario de los centros de acogida se sostiene con presupuesto público. Ese doble carril —el gesto privado por delante y la subvención por detrás— es el eje silencioso del asunto. Añádase la disputa sobre el orden de prioridades en el acceso a la ayuda, un debate que se plantea en voz alta y que mezcla sanidad, colas y atención al recién llegado frente al que lleva tiempo esperando.
El detalle que descoloca no es la tonelada y media. Es que, troceada en raciones diarias dentro de un centro, esa montaña de comida rinde semanas, no meses.