Qué regalarle a una prostituta: entre el detalle y el pagafantismo
¿Qué se le regala a una profesional del sexo de la que uno es cliente habitual? La pregunta, planteada sin rodeos en un foro de consumo, desata una tormenta de respuestas que van del piso y la joya al lubricante o la lata de atún. El autor del planteamiento lo tiene claro: quiere tenerla como amante y que deje de cobrarle. La comunidad responde con una mezcla de sorna, consejos económicos y alguna que otra bofetada de realidad.
El consenso más repetido es el más incómodo:
no regalar nada que se pueda compartir con otros clientes. Los bombones quedan descartados de entrada. También los perfumes y los ramos de flores, que acaban en el paragüero de la habitación mientras el siguiente cliente espera turno. La lógica es implacable: si el regalo es genérico, la profesional lo recibirá con la misma indiferencia con que atiende a cualquiera.
El error de confundir cliente con pareja
La idea de que un obsequio sirva para dejar de pagar es el punto que más carcajadas provoca.
«Te vas a reproducir por esporas», resume uno de los mensajes más celebrados, ante la ingenuidad de creer que un detalle convierte al pagano en pareja. Otro remata:
las profesionales del sexo ganan entre 3.000 y 6.000 euros netos al mes, una cifra que se lanza sin fuente pero que circula como argumento para desmontar la fantasía del amante mantenido.
Hay quien va más allá y recuerda que el regalo no cambia la relación comercial.
«Al final el que acabó saliendo con ella fui yo y sin comprarle tonterías», cuenta un participante que asegura haber vivido el caso en primera persona. Su conclusión: el que regala es el que paga dos veces.
Las propuestas más repetidas: piso, joya o dinero en efectivo
Entre las sugerencias concretas, el
piso aparece como la opción más ambiciosa y la
joya como la más clásica. Un mensaje apunta que a las profesionales les suelen gustar «las cosas brillantes con las que podamos destacar», aunque otro matiza que, según el perfil psicológico que se intuye en el planteamiento, la joya no le haría gracia. La alternativa más sensata, y también la más repetida, es dar el dinero y que ella se compre lo que quiera. Una tarjeta regalo de
100 euros en unos grandes almacenes se cita como ejemplo de detalle decente.
El abanico de ocurrencias es amplio: desde una caja de experiencias hasta un vale para un videojuego de estrategia, pasando por un patinete eléctrico que desata bromas sobre confusiones de género. La lista de regalos absurdos funciona como termómetro del tono general: aquí nadie se toma la pregunta demasiado en serio.
Del consejo económico al choque ideológico
La conversación deriva en dos frentes. Uno es el económico: se discute si regalar a una profesional tiene algún retorno, y la respuesta mayoritaria es que no. El otro es el ideológico, con un cruce de acusaciones entre participantes que se acusan mutuamente de maltratador y de nacionalista, y que termina con referencias a la pandemia y a teorías conspirativas. Ese tramo se aleja por completo del asunto inicial y convierte el intercambio en un rifirrafe.
El propio autor del planteamiento acaba rebajando el tono:
no piensa regalar nada y se inclina por una escapada entre semana a un sitio agradable, aprovechando que el teletrabajo permite disfrazarla de viaje de negocios. La idea del amante que deja de pagar queda aparcada, al menos de momento.
Qué se puede aprender de este cruce de mensajes
Más allá del chiste, el episodio deja una lección sobre el consumo de servicios sexuales: la relación es comercial y el regalo no la transforma. Quien lo olvida se expone a la burla colectiva. Quien lo asume, puede permitirse un detalle sin esperar nada a cambio. La frontera entre el obsequio y la fantasía de ascenso social es exactamente la que separa al cliente del pagafantas, ese término que el propio foro acuña con desprecio.
El asunto, en cualquier caso, no tiene una respuesta única. Cada cual elige su regalo, su presupuesto y su nivel de autoengaño. Lo que nadie discute es que el dinero, al final, siempre cambia de manos.