Miguel Ríos: el rockero que vive del cuento (y de las subvenciones)
Granada, hace unos 20 años. Un grupo de chicos charla en la calle pasadas las diez de la noche. Sin escándalo. Llega un coche patrulla y les pide amablemente que se marchen. Alguien deja caer que molestan al señor Ríos. El ático del rockero está cerca. La escena, relatada por un testigo, ilustra un privilegio que muchos asocian con Miguel Ríos: el de vivir arropado por el poder, sin necesidad de demostrar gran cosa.
A sus 80 años, el cantante de "Bienvenidos" vuelve a estar en el centro de la polémica. Pero no por su música. La crítica se centra en su presunta condición de "boomer progre" que ha sabido explotar su imagen de roquero contestatario mientras acumulaba conciertos públicos y derechos de autor. Según sus críticos, Ríos es el paradigma del artista subvencionado: un tipo con tres canciones conocidas (ninguna de su autoría) que lleva décadas viviendo de las migajas del Estado y de la SGAE.
La economía del rockero: poca obra, muchos ingresos
El catálogo musical de Miguel Ríos es reducido. Se le reconocen "Bienvenidos", "El rock de una noche de verano" y "Santa Lucía", esta última una adaptación de una canción italiana. Ninguna es composición propia. Sus defensores alegan que hay que separar al artista de la obra y que su voz y carisma tienen valor. Pero la corriente crítica sostiene que su relevancia se debe más a su posicionamiento político que a su talento: "Ha sido una rata socialista toda su vida", se lee, y "no creo que nadie sea capaz de decir tres canciones de este personaje".
La SGAE, la Sociedad General de Autores y Editores, juega un papel central en la crítica. Se le acusa de ser un parásito que vive de los impuestos que la SGAE exprime a los trabajadores. La gestión de los derechos de autor en España siempre ha sido polémica, y Ríos aparece como su emblema: un artista que ha cobrado por unas pocas canciones durante décadas, mientras su discurso se mantiene inalterable.
El vínculo con el poder y el caso Begoña
El hilo no se limita a la música. Salta a la política con el nombre de Begoña —por el contexto, Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez—. Se menciona que una persona sin formación obtiene una cátedra por enchufe y se convierte en directora de un máster. La conexión con Ríos es indirecta pero significativa: ambos representan, para los críticos, la misma casta que medra al amparo del poder socialista. El rockero, que ha manifestado públicamente su apoyo a Sánchez, es visto como parte de ese entramado.
Hay quien recuerda un concierto privado que terminó con abucheos cuando Ríos empezó a hablar de política. Y también la pregunta retórica: "¿Cuántos conciertos privados dio en El Pardo?", en referencia al Palacio de la Zarzuela, residencia del jefe del Estado. La sospecha de un trato de favor recurrente planea sobre su carrera.
El dato que descoloca
El asunto, en el fondo, es la relación entre cultura, subvención y poder político. Miguel Ríos no es el único, pero sí uno de los más visibles. Mientras, la burbuja inmobiliaria de principios de los 2000 —con pisos en Móstoles a 21 millones de pesetas o 45 metros cuadrados en Rentería por 420.000 euros— servía de telón de fondo a una España que cambiaba. Y Ríos seguía cantando sin que nadie le pidiera las cuentas. Hasta ahora.