Used, 25 habitantes: el arquitecto que volvió y ya piensa en irse
En 2017, el arquitecto aragonés Alberto Sánchez compró una casa señorial de casi 300 años sin electricidad en Used, el pueblo donde nació, un municipio de 25 habitantes. Nueve años después, su proyecto de repoblación se ha convertido en el ejemplo incómodo de un patrón que se repite por media geografía española. «Me he planteado irme de casa», admite. Traducido: rescatar la España vaciada no depende de ganas ni de ladrillo. Depende de quién manda en el pueblo, de qué dice el ayuntamiento y de cuánta paciencia aguanta quien llega.
Un choque de trenes entre dos mundos que no se escuchan
El relato oficial vende la repoblación como una suma: llegan vecinos, llegan servicios, llega vida. La experiencia real se parece más a una resta de fricciones. Por un lado están quienes vuelven o aterrizan con planes —reformas, talleres, turismo rural, proyectos verdes— y por otro, vecinos que llevan décadas defendiendo un orden no escrito: quién usa qué camino, quién puede podar qué árbol, a qué hora se barre la plaza.
Hay quien sostiene que el nudo del problema son las normas no escritas y los privilegios que algunos se han otorgado por costumbre: la calle sigue siendo de todos aunque tú seas el único que vive en ella. En contra juega un argumento simétrico, y bastante atendible: muchos recién llegados aterrizan con superioridad moral, cencerros de vacas y campanadas incluidas, dispuestos a reeducar al personal. Ahí el conflicto, directamente, está servido. Es un choque de trenes donde ambos convoyes van llenos de razón y de prejuicio.
El caciquismo local, el cuello de botella que nadie confiesa
El freno menos publicitado no es la falta de presupuesto: es el ayuntamiento. En municipios diminutos, la corporación no es solo administración, es el lugar donde se reparten licencias, favores y silencios. Un proyecto que amenaza ese equilibrio se topa con plazos eternos, interpretaciones creativas del planeamiento o, simplemente, con la indiferencia. Cuanto menos prospera el pueblo, más fácil resulta mantenerlo todo bajo control.
El caso de Used añade una capa de ironía. El arquitecto repoblador es hijo de la anterior alcaldesa socialista, que ocupó el cargo durante quince años. No es el urbanita que cae de cero: conoce las reglas del juego por dentro. Y aun así el resultado es el mismo. Volver a casa no te libra del escrutinio ni, mucho menos, de la inquina ajena.
La burocracia viaja contigo al pueblo
Existe la ilusión de que mudarse al campo simplifica los trámites. Falso. La burocracia es idéntica en mitad de ninguna parte que en el centro de una capital, solo que con menos ventanillas y horarios más caprichosos. Hay quien relata ayuntamientos que abren según el día, talleres que tardan meses en devolver un coche reparado y, en un caso, un año entero para una moto. La anécdota tiene miga: el mecánico ya no aceptaba motos porque la gente las abandonaba allí al rendirse. Enseñó una veintena aparcadas, muertas de asco. No era mala fe. Era falta de masa crítica.
Los servicios que sostienen una vida, no un folclore
Repoblar exige servicios, no estampas. Un municipio próspero como Gádor —casas burguesas, gran producción de naranjas— disponía en los años setenta de al menos tres trenes diarios y alcanzaba la capital en quince minutos. Hoy, cuando hay dos, el veredicto popular es demoledor: «como si no hubiera ninguno». Insuficiente para que un jubilado vaya al especialista y vuelva el mismo día. Las campanadas cada media hora y los cencerros, eso sí, siguen sonando puntuales las veinticuatro horas.
El cierre del círculo
La receta que se repite en los foros de política económica es conocida: incentivos fiscales, exención de la cuota de autónomos durante los primeros años y acceso garantizado a suministros básicos, internet incluido. Todo eso importa. Pero mientras quien llega tenga que negociar cada paso con quien controla el pueblo, la casa de 300 años seguirá comprada y vacía. Y Used seguirá teniendo 25 habitantes.