Pronóstico de expulsión masiva: ¿realidad o espejismo?
Un pronóstico recorre los análisis económicos y demográficos: la presión migratoria acumulada acabará forzando una expulsión masiva de migrantes irregulares, una suerte de «neoexpulsión» que algunos comparan con la de los sefardíes en 1492. La tesis parte de un hecho concreto: los disturbios de Murcia se viralizaron y, en España, tocar a los abuelos enerva a cualquiera. El diagnóstico que circula sostiene que la administración trae gente a la que no pone coto cuando desbarra, y que eso acabará pasando factura.
El debate no es nuevo, pero ha mutado. Ya no se discute si la inmigración es un problema, sino quién tiene la culpa y qué se puede hacer. Y ahí las posturas se rompen.
De la predicción al cálculo: quién paga las pensiones
El núcleo del argumento es económico. Se sostiene que la inmigración se fomenta en toda Europa para seguir aumentando el techo de deuda sin que aumente el riesgo de derrumbe de los bonos. La ecuación es simple: a más gasto por ciudadano, más crece el PIB y más deuda se puede emitir. El crecimiento inducido por el gasto público sustituye al modelo de 2008, cuando se crecía con construcción apalancada mediante hipotecas. Ahora es el Estado dando ayudas y trayendo pateras para incentivar el consumo y la facturación.
Cuando el efecto pase a ser negativo, se argumenta, habrá permiso estatal para medidas drásticas. El pronóstico más sombrío apunta a que sobra gente y a que la estabilidad de los países dependerá de reducirla. Cada punto porcentual de población que aumenta de «mala calidad» implicaría sacrificar otro punto de población para purgarla. Es un escenario que suena a distopía, pero que se plantea con la frialdad de una hoja de cálculo.
¿Por qué no se expulsa ya a los migrantes irregulares?
La respuesta que domina el análisis es que no existe ningún grupo parlamentario dispuesto a deportaciones masivas. Ni el Gobierno actual, ni el PP, ni siquiera VOX, según los pronósticos más repetidos. Se argumenta que los que traen migrantes no van a echarlos porque están aquí para pagar las pensiones. Otros sostienen que están para generar conflictos civiles mucho más graves de los que ya se ven.
La vía que algunos consideran viable no es la expulsión directa, sino la retirada de incentivos. Quitar paguitas a fondo perdido, retirar el estado de bienestar a quien no cotiza, desalojar okupaciones. El cálculo es que, sin beneficios sociales, se iría como mínimo la mitad. Y si delinquen más, mejor: así estaría justificada su expulsión.
El precedente de El Ejido y la memoria de los linchamientos
La comparación histórica no es gratuita. Se recuerda el estallido de El Ejido hace 25 años, cuando a punto estuvo de ser linchado el alcalde. La presión acumulada, se dice, es mucho mayor ahora. Y se añade un precedente más lejano: la expulsión de los sefardíes en 1492 se hizo para evitar pogromos contra ellos por enfurecimiento popular.
La predicción es que en España está al caer algo similar, promovido por la propia administración que trae gente a la que no pone coto. El pronóstico se compara con otros ya hechos sobre la continuidad de Pedro Sánchez. La ironía recorre el análisis: «Pedro es invencible y no se irá», se repite con retintín.
La guerra de quinta generación y el enemigo interior
Una parte del análisis eleva el marco. No se trata de un problema migratorio, sino de una guerra de quinta generación: el enemigo está dentro desestabilizando la sociedad con el beneplácito del Gobierno. La conclusión de algunos es que solo queda huir. Otros responden con dureza: llamar a huir es señalar el plumero.
El contrapunto llega desde quienes sostienen que el verdadero enemigo no es el migrante, sino quien imprime velocidad a las balas y las apunta contra nuestras cabezas. La advertencia es clara: hablar de balas inofensivas distrae del problema real. Y una sospecha recorre el análisis: que el tono incendiario sea obra de trolls que buscan que la gente acabe liándose.
El efecto doping de los fondos europeos
La economía aún no ha mostrado el hostión. Se argumenta que hay un efecto doping por los fondos europeos y la reactivación de los precios inmobiliarios. Pero se sostiene que estamos en la antesala de otro golpe. Las señales que se esperan son la caída del bono alemán y francés, la bajada de precios de la vivienda y los fallos en las ayudas: retrasos, subida de requisitos.
La pregunta que flota es por qué no ha ocurrido ya en Francia, con más industria, menos paro y salarios más altos. La respuesta que se da es que los mecanismos para empezar a deportar ya existen. Es tan fácil como dejar que la derecha gane las elecciones con mayoría. Hasta el momento, se argumenta, no se les ha dejado.
¿Y si el pronóstico no se cumple? ¿Y si la presión no estalla y todo sigue igual? La historia reciente está llena de predicciones que no llegaron. Pero también de linchamientos que nadie vio venir.