Princesos: cuando los jóvenes españoles renuncian al cortejo
A finales de 2023 irrumpió en el argot digital español un término que condensa décadas de transformación social: 'princeso'. Define a un hombre joven que ha abandonado el rol tradicional de iniciativo en las relaciones: no pide salir, no se interesa por las mujeres y espera que ellas den el primer paso. El fenómeno, que en Japón se observa desde los años 90, llega a España con una mezcla de hastío, precariedad y reacción al feminismo.
¿Qué es exactamente un princeso?
La definición canónica, acuñada en debates digitales, describe a un varón que se comporta como el estereotipo femenino pasivo: exigente, centrado en su propio bienestar y sin iniciativa. No es un misógino militante ni un ermitaño; simplemente ha dejado de jugar el papel de perseguidor. El perfil suele corresponder a nacidos entre mediados de los 90 y mediados de los 2000, con buena formación pero ingresos medios y una percepción realista de que el esfuerzo de cortejar no compensa los costes.
Algunos analistas lo relacionan con el 'Universo 25', el famoso experimento de John Calhoun en el que una colonia de ratones colapsó por sobrepoblación y falta de roles. En ese escenario, los machos abandonaban el cortejo y se volvían pasivos. La analogía ha calado hondo: el entorno español actual —vivienda cara, salarios bajos, inseguridad jurídica para los hombres— podría estar generando una respuesta similar.
El precedente japonés y la trampa económica
Japón lleva tres décadas viendo cómo sus jóvenes varones se retiran del mercado sexual y afectivo. Allí se acuñaron términos como 'soshoku danshi' (hombres herbívoros) o 'hikikomori'. En España, el fenómeno es incipiente pero comparte raíces: precariedad laboral, ausencia de expectativas de futuro y una hostilidad social creciente hacia la masculinidad tradicional. Un dato significativo: el precio medio de la vivienda en las grandes ciudades supera el 60% del salario de un titulado universitario joven, lo que hace inviable formar un hogar. Ante eso, la decisión racional de muchos es no invertir en relaciones que, además, conllevan riesgos legales y emocionales.
La reacción femenina: entre la queja y la hipocresía
Curiosamente, las críticas más duras al princeso provienen de mujeres jóvenes que, sin embargo, defienden el empoderamiento y la independencia. Se quejan de que los hombres ya no las invitan ni las cortejan, pero al mismo tiempo exigen igualdad y autonomía. Una corriente de opinión sostiene que el término es una herramienta de control social: si un hombre no se esfuerza por ti, es un princeso; si se esfuerza demasiado, es un acosador. El doble vínculo ha llevado a muchos varones a optar por la abstinencia relacional.
¿Hacia una sociedad sin cortejo?
El debate sobre los princesos no es una anécdota de foros, sino la punta del iceberg de un cambio demográfico y cultural. Si la tendencia se consolida, España podría seguir la senda japonesa: baja natalidad, aumento de la soltería crónica y una redefinición profunda de los roles de género. Lo que ningún análisis termina de explicar es por qué, con estos diferenciales de coste, la migración interior hacia zonas rurales sigue siendo estadísticamente marginal. Quizá el verdadero princeso sea el que espera que el sistema cambie antes de adaptarse.
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