El espejismo del conservador: menos hijos y subvencionando al woke
Un debate reciente ha puesto sobre la mesa una paradoja incómoda para el discurso tradicionalista: mientras sus líderes de opinión claman contra la decadencia de Occidente, los datos (o al menos la percepción compartida) apuntan a que tienen menos hijos que sus rivales culturales y, además, financian con su consumo a las mismas empresas que abrazan la agenda woke. La cuestión no es nueva, pero el nivel de detalle con el que se ha diseccionado en este hilo merece atención.
Las cifras que nadie quiere ver
Según la estimación que ha circulado, la tasa de natalidad entre los autodenominados «wokes» rondaría entre 1 y 1,5 hijos por mujer, mientras que entre los tradicionalistas y conservadores apenas llegaría al 0,5-0,8. Y si se afila el análisis hacia los círculos más doctrinarios —seguidores de Evola, la Hispanidad o las «jornadas» de pensamiento reaccionario— la cifra caería hasta el 0,2-0,5. Cualquier observador que haya pisado una reunión de padres de colegio o una salida de actividades extraescolares reconocerá el patrón: los padres treintañeros son mayoritariamente de perfil progresista. En los encuentros de intelectuales orgánicos de la derecha identitaria, en cambio, los niños brillan por su ausencia.
El consumo como contradicción
Pero el dato demográfico es solo la mitad del problema. La otra es que los mismos que se quejan del wokismo utilizan a diario sistemas operativos, motores de búsqueda, aplicaciones de mensajería, correos electrónicos y smartphones de empresas que han abrazado públicamente esa agenda. Que critiquen la «cultura de la cancelación» desde Twitter, que denuncien el globalismo mientras compran en Amazon y que publiquen sus soflamas contra la decadencia usando Windows o macOS. La hipocresía no es tanto ideológica como de pereza mental: el coste de migrar a alternativas libres o éticas es alto en tiempo y comodidad, y el tradicionalista de salón prefiere el postureo a la coherencia práctica.
Intelectualismo como sustituto de la vida
Hay quien va más allá y señala que el problema de fondo es el intelectualismo como sustituto de la vida real. Horas discutiendo sobre «cabalgar el tigre» de Evola o la decadencia de Occidente, cero horas cambiando pañales o madrugando para llevar al niño al médico. El guerrero espiritual de las redes acaba siendo el meme del solterón que pontifica sobre la familia tradicional mientras vive solo, sin descendencia y con una suscripción a Netflix que financia contenido contra sus propios principios.
Por supuesto, no todos comparten este diagnóstico. Hay quien responde con datos de su entorno: «En mi círculo de tradicionalistas tenemos cinco o seis hijos». Pero esas burbujas suelen ser la excepción, y a menudo están asociadas a comunidades religiosas muy concretas. La tendencia general, si atendemos a la observación empírica del día a día —parques, colegios, eventos—, no juega a favor del relato tradicionalista.
La ironía final es que, mientras unos se reproducen y mantienen vivo su proyecto cultural, otros se quedan en el plano teórico, financiando con cada clic a sus presuntos enemigos. La pregunta que queda en el aire es si la próxima generación de conservadores existirá más allá de los memes y las citas de Evola.
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