Ucrania: el Maidan no fue un golpe de estado, según un forero
En febrero de 2014, el presidente ucraniano Viktor Yanukovich abandonó Kiev. Horas después, el parlamento que él mismo había elegido seguía reuniéndose, aprobando leyes y convocando elecciones. Ese es el detalle que, según un participante del debate, rompe la etiqueta de golpe de estado que se le cuelga a la revolución del Maidan: no hubo disolución de las cámaras ni un grupo armado tomando el poder por asalto, sino un presidente en fuga y un legislativo que continuó operando con la legalidad vigente. La discusión, sin embargo, lleva más de mil días abierta y no se cierra.
Qué distingue un golpe de estado de una revolución
La definición clásica es simple: un golpe de estado es un grupo reducido que toma el poder de forma abrupta; una revolución es un proceso más amplio que busca un cambio radical de estructuras. Bajo ese criterio, el Maidan no encaja del todo en ninguna de las dos casillas, porque no hubo cambio de sistema político ni de estructuras: se descabezó al gobierno para poner a otro, con elecciones de por medio. Ese matiz lo apunta una parte del análisis, que recuerda además que el convoy en el que supuestamente huía Yanukovich fue un señuelo y acabó emboscado.
El problema de fondo es que la etiqueta se aplica con manga ancha según convenga. La llegada de los bolcheviques al poder tras la caída de los zares, que dio paso a uno de los regímenes más atroces del siglo XX, rara vez recibe el nombre de golpe. El argumento que circula es que aquello sí fue una toma violenta de un gobierno democrático incipiente, mientras que las protestas que terminaron con un presidente huido y un congreso cumpliendo la legalidad no merecen el mismo apelativo.
El apoyo real al Euromaidan y la limpieza de las elecciones
Una encuesta difundida por un medio pro-ucraniano apuntaba que más ucranianos desaprobaban las protestas del Euromaidan que las aprobaban. Sobre esa base se sostiene que las elecciones posteriores no fueron todo lo limpias que se vendió, con un partido que había votado la mitad del país apartado de la siguiente cita electoral. La contrarréplica es que en esos comicios Crimea ya había sido tomada y las dos regiones más prorrusas se habían declarado independientes de forma unilateral, de modo que el estado había perdido el control sobre tres territorios y no pudieron participar. Las elecciones presidenciales, además, las disputan personas, no partidos: el antiguo partido de las regiones presentó candidato y obtuvo un apoyo muy minoritario.
Quién sostiene qué en el pulso sobre Ucrania
Hay quien defiende que detrás de las revoluciones de color hay intereses extranjeros y que aupar a Putin en el Kremlin responde a dinámica interna. Enfrente pesa el argumento contrario: si un gobernante es un dictador, deja de ser un asunto interno, igual que una paliza no se resuelve sin ayuda externa. La discusión deriva hacia el doble rasero: muchos de los que denuncian una supuesta falta de soberanía en España piden exactamente lo contrario para Ucrania cuando conviene.
Otra corriente subraya que Rusia intervino porque tenía población ucraniana de su lado, o al menos neutral, y que eso la propaganda occidental lo silencia. La respuesta es que tomar una decisión tan legítima como unirse a una alianza o comerciar más libremente no debería desembocar en una guerra, y que calificar eso de razonable exige estirar mucho la palabra.
El resultado que Ucrania quería evitar
La ironía más repetida es que Ucrania ha acabado consiguiendo justo lo que quería evitar. Durante años se le repitió que acercarse a la UE, entrar en la OTAN y alejarse de Rusia la harían más rica, más próspera y más segura. En 2013 y 2014 no faltaban los que se golpeaban el pecho asegurando que superaría a Rusia y a Bielorrusia. El país es hoy un escenario de guerra civil congelada y de pérdida de control territorial.
La permanencia en el poder como vara de medir
Putin lleva dos décadas en el Kremlin, con una maniobra incluida para alternarse con Medvedev. Sus defensores replican que Angela Merkel gobernó catorce años, Felipe González más de doce en España, Fraga más de veinte en Galicia y Pujol otro tanto en Cataluña. El sistema occidental, dicen, es una farsa donde dos partidos se alternan para hacer lo mismo. La objeción es que una población no piensa igual durante veinte años, y que la falta de elecciones libres en Rusia no se explica con la longevidad de los demás.
¿Cuántos de los que hoy llaman golpe de estado al Maidan llamarían golpe de estado a lo que vino después en el Donbás? La pregunta sigue sin respuesta.