Por qué algunos sectores piden la salida de España de la OTAN
España entró en la OTAN en 1982 por ley orgánica, no por referéndum, y el plebiscito de 1986 solo ratificó las condiciones de permanencia. Esta discusión, que resurge cada crisis atlántica, ha cobrado fuerza tras el enfrentamiento de Pedro Sánchez con la administración Trump y la negativa a permitir escalas militares en Rota y Morón.
El referéndum que nunca fue vinculante
La narrativa oficial sostiene que los españoles votaron libremente entrar en la Alianza. Sin embargo, varias fuentes históricas apuntan a que el referéndum de 1986 se planteó como una opción binaria entre «permanecer con limitaciones» o «pertenecer plenamente» —sin incluir la posibilidad de salir—. Además, se mencionan presiones de Estados Unidos, incluida la amenaza de invasión de Canarias si España no ingresaba, según afirmó el exministro Fernando Morán.
El giro de Sánchez ante la crisis transatlántica
Tras la exclusión de Europa de las negociaciones sobre Ucrania y la escalada arancelaria de Trump, Sánchez adoptó un perfil de oposición explícita. Vetó el uso de bases españolas para operaciones estadounidenses en Oriente Medio y se alineó con otros líderes europeos que exigen una defensa autónoma. Este movimiento, aunque aplaudido por parte de la opinión pública, ha sido tachado de postureo por quienes recuerdan que el mismo Sánchez apoyó los bombardeos de la OTAN en los Balcanes durante sus años de formación política.
La propuesta de una alianza militar europea
Los defensores de la salida argumentan que la OTAN es una organización obsoleta que sirve a los intereses geopolíticos de Estados Unidos, no a la seguridad europea. Plantean la creación de un pacto de defensa continental, con estructura propia y autonomía real. La principal objeción, sin embargo, es el coste: construir un sistema militar independiente requeriría inversiones masivas en un contexto de restricciones presupuestarias y deuda pública.
A fecha de este debate, ningún partido mayoritario ha incluido la salida de la OTAN en su programa, pero el malestar crece. La discoplina de voto en el Parlamento Europeo y la dependencia logística de las bases estadounidenses actúan como freno. Mientras tanto, la pregunta sigue abierta: ¿merece la pena seguir pagando el precio político y económico de la Alianza?
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