Veinte monedas en el bolsillo eran 3 euros: así era la infancia de los 80
¿Se vivía mejor en los años 80 o se recuerda mejor? La pregunta recorre una discusión de foro en la que cabe todo: viajes hacinados en el asiento trasero del coche, un padre fumando y repartiendo humo entre menores de edad, jeringuillas en los parques y una televisión con dos canales. La lista de salida es nostálgica, casi publicitaria: monedas sueltas, Bollycaos con pegatinas que brillaban en la oscuridad, el
Un dos tres y Michael Jackson. La lista de llegada es menos amable: paro, chabolas y heroína. Ambas cosas ocurrieron a la vez, y ahí está el interés real del asunto.
Qué era viajar en coche sin aire acondicionado ni cinturones
El punto de partida es una escena doméstica: hermanos y primos apretados en la parte de atrás, sin cinturones y sin aire acondicionado, mientras el padre fumaba con las ventanillas subidas y el humo acababa en los pulmones de todos. Nadie lo consideraba maltrato, era simplemente el transporte familiar de la época. La higiene no era mucho mejor: según uno de los relatos, el baño semanal era la norma y había que llegar bastante sucio a casa para que encendieran el calentador entre semana.
Ese mismo relato incluye otra escena más cotidiana. Los pantalones rotos no se tiraban: se les cosía una rodillera y a seguir jugando. En el patio, los niños usaban piedras y chapas de botellas como material deportivo, y quien tenía un padre o un hermano mayor manitas se fabricaba su propio patinete con tres rodamientos y un tornillo pasador. No había consola de sustitución.
Veinte monedas en la sala de recreativos y un cubata a 75 pesetas
La economía del adolescente tenía su propia contabilidad. Veinte monedas en el bolsillo equivalían a
3 euros al cambio y convertían a cualquiera en el rey del mambo de la sala de recreativos del barrio o del centro comercial. Un cubata costaba
75 pesetas en los ochenta, según el recuento que se hace en el propio intercambio. Y a la playa se iba a primera hora y se volvía a última, con quemaduras de tercer grado y sin protección solar de por medio.
La música funcionaba como banda sonora obligatoria y también como tortura: la cinta de chistes que el padre compraba en una gasolinera de camino a Alicante para aguantar el viaje acababa sonando un millón de veces en el radiocasete. La televisión en color y el vídeo doméstico se pagaban a plazos. Un participante recuerda que un vídeo VHS podía costar
125.000 pesetas, pagadas en varias letras, mientras el sistema Video 2000 de Philips ofrecía cintas de hasta cuatro horas de grabación y era, según ese mismo relato, brutalmente mejor que Beta y VHS.
La heroína en el parque y la tele de dos canales
Ver jeringuillas en un parque era común, según el relato mayoritario, y la heroína era la droga de moda entre los consumidores de la época. Conviene matizar: hay quien sostiene que ese paisaje se concentraba en las capitales y no en barrios de militares y obreros donde, asegura, no vio una sola jeringuilla en el suelo. La diferencia entre ambos recuerdos probablemente mide la distancia entre centro urbano y periferia, no la veracidad de ninguno.
En pantalla, dos canales y poco más. El estreno de un videoclip de Michael Jackson se vivía como hoy se estrena una película de gran presupuesto, porque todo el mundo veía lo mismo a la misma hora. Un solo cine en el pueblo y una sola parrilla sincronizaban las conversaciones del día siguiente. Con la llegada del vídeo doméstico quedó una duda práctica que lanzaba un participante: si guardas lo que grabas, ¿cómo lo reproduces dos años después en otro televisor?
El paraíso tenía chabolas y también televisores en blanco y negro
El relato nostálgico se rompe cuando entra el dato doméstico. Uno de los participantes más explícitos recuerda que
El coche fantástico se emitió por primera vez en España el
1 de agosto de 1985, en pleno verano, cuando la mayoría de la chavalería estaba en el pueblo o en un apartamento sin televisor en color. La tele en blanco y negro del pueblo era la que había sobrado al comprar la nueva. Otro participante responde con la letra pequeña de su casa: televisor en color desde mediados de los 70, comprado aprovechando la promoción del Mundial de Alemania de 1974.
Frente a la idealización hay un contrapeso duro: chabolas junto al cementerio de A Coruña, barrios degradados, niños con la misma ropa cada día y recogida de hierro para venderlo por 50 pesetas. Quien vivió la adolescencia en esa década lo resume con frialdad: había delincuencia y desempleo, la ciudad era dura y el pueblo, gris. Un supermercado francés de pueblo tenía mucha más variedad que uno español a finales de los 80.
Dónde se torció el relato: la deriva política
Buena parte de la conversación acaba, como casi todas, en la política de hoy. Hay quien sostiene que el declive arrancó con las políticas sociales de los últimos años y quien responde que el problema viene de mucho antes y de ambos lados. Aparecen también respuestas despectivas hacia colectivos migrantes y hacia personas LGTB, sin más argumento que el desprecio, y una defensa explícita de la inmigración como mano de obra necesaria para un mercado que necesita pobres. El desacuerdo de fondo no es histórico, es ideológico.
Con ese material, la conclusión razonable es la que menos se repite: los 80 no fueron ni el culmen de la civilización ni un decorado de cartón. Fueron una década con menos expectativas, menos pantallas y bastante más humo en el asiento trasero. El paraíso perdido sigue siendo, como siempre, un asunto de contabilidad selectiva.