Nepotismo en España: cuando el apellido vale más que el título universitario
La televisión española lleva décadas funcionando como una empresa familiar. No es una metáfora: basta repasar los créditos de cualquier programa de prime time para encontrar los mismos apellidos repetidos durante tres generaciones. Mientras el resto del país compite por plazas públicas con oposiciones cada vez más duras, en los platós se heredan los contratos como se hereda un piso en el centro de Madrid.
El fenómeno no es nuevo, pero ha alcanzado un nivel de descaro que ya no admite eufemismos. Los casos se acumulan: hijos, nietos, sobrinos y hermanos de rostros conocidos ocupando puestos que, en teoría, deberían cubrirse por mérito profesional. La pregunta ya no es si existe nepotismo en España, sino si existe algún sector donde no lo haya.
Los apellidos que se repiten en prime time
La lista de apellidos que se repiten en televisión es casi interminable. Los Matías Prats llevan tres generaciones en antena. Los Arguiñano han convertido la cocina en un negocio familiar donde el hijo y la hermana tienen sitio garantizado. Los Bardem son un caso de manual: madre, padre, abuelo, hijos y hermanos han copado el cine español durante décadas. Mercedes Milá y su hermano, los Gabilondo, los Zarzalejos en la prensa escrita... la nómina es tan extensa que resulta difícil encontrar un programa sin algún familiar de alguien conocido.
La diferencia entre estos casos y el resto de profesiones es la visibilidad. El hijo del fontanero que hereda el negocio familiar no genera titulares. El hijo del presentador que hereda el plató, sí. Pero el mecanismo es el mismo: el acceso a un puesto de trabajo no depende de lo que sabes, sino de a quién conoces.
La universidad como decorado
Aquí entra la segunda parte de la ecuación: el título universitario se ha convertido en un requisito formal que no garantiza nada. Los análisis más duros apuntan a que el ascensor social en España no existe, o que lleva décadas averiado. Mientras unos estudian cinco años para acceder a un puesto que jamás llegará, otros entran directamente por apellido, con o sin carrera.
La percepción generalizada es que las oposiciones son limpias en el acceso, pero que los altos cargos se cubren a dedo. El funcionario de base compite con miles de aspirantes; el director general llega por contactos. En el sector privado ocurre lo mismo: las multinacionales y las puertas giratorias funcionan con la misma lógica que los platós de televisión.
La excepción que confirma la regla
No todos los casos son iguales. Hay quien señala que el nepotismo respetable existe: la familia Aragón, por ejemplo, empezó desde el escalón más bajo, ejerciendo el oficio de payasos, y Emilio Aragón construyó su carrera a base de trabajo y carisma, no solo de apellido. También se salva de la quema a Matías Prats padre, que llegó a oponerse a que su hijo entrara en TVE por enchufe.
Pero estos casos son la excepción. La norma es el hijo del periodista que entra en el medio porque su padre tiene contactos, o el nieto del presentador que debuta en antena antes de haber trabajado un solo día en su vida. La diferencia entre el mérito y el apellido se ha diluido hasta el punto de que ya nadie se molesta en disimular.
¿Un problema español o universal?
Hay quien sostiene que esto no es exclusivo de España. En Estados Unidos y Reino Unido, los puestos bien remunerados también son para los hijos de la élite. El fenómeno es humano: el instinto territorial y la vocación de eternidad hacen que los padres quieran dejar el puesto a sus hijos, como los gremios medievales.
Pero la diferencia está en la escala. En España, el nepotismo no se limita a los círculos de poder; se extiende a cualquier trabajo con condiciones decentes. El puesto de barrendero, el de cartero, el de celador de hospital... todos tienen dueño antes de crearse la plaza. El enchufe no es un fenómeno de élite, es un sistema de acceso al empleo generalizado.
Mientras tanto, la televisión sigue emitiendo las mismas caras de hace 25 años, salvo por los que han muerto o directamente no tenían edad entonces. El contraste entre la calle y el plató es brutal: fuera, el panorama ha cambiado por completo; dentro, todo sigue igual. El apellido sigue abriendo puertas que el esfuerzo no consigue ni arañar.