Reaccionariopobre: el insulto que puede costar una mayoría
Insultar al votante que necesitas es el error más caro que comete un partido. Con el término «reaccionariopobre» instalado en parte del discurso público —esa etiqueta despectiva hacia el votante de renta baja que vota a la derecha—, el análisis que circula estos días apunta a una conclusión incómoda: los extremos se alimentan entre sí mientras la clase media, la que de verdad decide mayorías, se descuelga. Si tu mensaje ofende a quien necesitas para gobernar, no ganas elecciones. Las pierdes.
Qué revela la etiqueta «reaccionariopobre»
El término no es nuevo, pero su uso sostenido tiene un coste político difícil de medir y fácil de intuir. La corriente que más se repite sostiene que poner apodo despectivo a un bloque entero de votantes regala argumentos al adversario y ahuyenta a quien aún dudaba. La simpatía no se conquista a base de desprecio, y menos cuando el objetivo es una franja de renta media que se mueve por percepciones, no por consignas.
El péndulo antisistema: de Podemos a Vox
Los números que se manejan son elocuentes. Podemos llegó a sumar 69 escaños en su mejor momento electoral y, según las últimas encuestas que se citan, se habría despeñado hasta los dos escaños. Un desplome así admite una lectura: el votante antisistema no desaparece, cambia de siglas. La hipótesis que circula es que buena parte del actual electorado de Vox votó antes a la formación sarracena, un trasvase entre extremos sin paso por el centro.
En contra pesa un contraargumento razonable: un partido no crece solo por lo que recoge del rival, sino por lo que ofrece al desencantado. Y el desencanto, hoy, tiene más de malestar económico que de ideología pura.
La clase media que decide las elecciones
Aquí está la clave que muchos análisis pasan por alto. Ni los bloques más radicales conforman mayorías por sí solos: lo hace la clase media, ese arco que va del centroizquierda al centroderecha y que vota según el sentir social dominante y sus necesidades básicas. La llamada «inseguridad subjetiva» —la percepción, más que el dato— mueve ese voto. Castigar verbalmente a esa franja es jugar con fuego, y el fuego, en política, suele quemar a quien lo enciende.
La otra amenaza: el frente diplomático
En paralelo al ruido interno, otra tensión recorre el tablero exterior. El episodio mezcla gestos protocolarios —la llamada a consultas de un embajador y el amago de cerrar ciertos consulados— con la presión migratoria en plazas como Ceuta y el pulso diplomático con Jovenlandia. La lectura geopolítica y el rédito interno se confunden, y separarlos no siempre interesa a quien los agita.
Con estos mimbres, el escenario más probable es una nueva fragmentación del voto y un centro que vuelve a decidir por descarte. Los extremos gritarán más, pero quien calcule mal a su votante de renta media se quedará fuera. Y esa factura, sospecho, la pagará antes quien insulta que quien recibe el insulto.