Por qué el síndrome de Down no es más frecuente en las familias ricas
El síndrome de Down no distingue de apellidos. Distingue, sobre todo, de edades. La tesis de que la trisomía 21 se concentra entre directivos y familias de postín circula con aplomo, pero no existe en España un registro público que la sostenga —ni, conviene decirlo, uno que la refute con precisión quirúrgica—. Lo que sí está documentado es otra cosa: la incidencia depende en lo fundamental de la edad de la madre en la concepción, no del saldo de la cuenta corriente.
Endogamia, Opus Dei y una confusión de manual
La trisomía 21 es, en la inmensa mayoría de los casos, un error de reparto cromosómico que ocurre en la célula reproductiva, sin antecedentes familiares detrás. La consanguinidad no la provoca. La endogamia multiplica el riesgo de enfermedades recesivas, y ahí sí hay un caso de libro: la hemofilia que la reina Victoria repartió por media Europa y que dejó rastro en la descendencia de varias casas reales. Ese es el fenómeno real que el argumento toma prestado para hablar de algo que no le corresponde.
Donde el planteamiento roza terreno verificable es en el otro extremo del proceso: si un diagnóstico prenatal desemboca o no en una interrupción voluntaria del embarazo. Ahí pesan la adscripción religiosa, el acceso a pruebas de cribado y el entorno familiar. Eso altera los nacimientos contabilizados, no las concepciones. Y ayuda a entender por qué la composición social de los nacimientos con síndrome de Down puede variar sin que varíe la biología.
El dato que falta
Se maneja una incidencia diez o quince veces superior, que el 90% de los casos estaría en ese colectivo, y el perfil de directivos con dos o tres hijos donde uno sale con síndrome de Down. Ninguna de esas cifras tiene detrás un registro nacional de anomalías congénitas desglosado por renta. Sin ese desglose, la conversación se sostiene sobre anécdotas, que es el material con el que se construyen tanto los prejuicios de clase como las leyendas de familia.
Mientras ese registro no exista —y nada apunta a que vaya a crearse a corto plazo—, la cifra seguirá circulando en las dos direcciones, cada bando con su ejemplo favorito. Lo probable es que la discusión se quede donde está: en la percepción, que es el terreno donde mejor crecen los datos que nadie ha medido.