El niño anti-OTAN de Crónicas Marcianas es hoy profesor universitario
Un chaval con cara de empollón sentencia ante la cámara que la OTAN se salta los tratados internacionales y actúa como policía del mundo. Es
Carlos Blanco, presentado en su momento como niño superdotado en un programa de máxima audiencia, y la escena ha vuelto a circular con una pregunta incómoda detrás: ¿por qué aquel crío parecía tenerlo todo claro y, a la vez, recitaba lo que sonaba a guion ajeno? Hoy es
profesor universitario, y ahí arranca la discusión.
Su recorrido desmonta cualquier encasillamiento cómodo. Él mismo manifiesta tener
tres carreras —filosofía, teología y químicas—, mezcla de letras y ciencias poco frecuente. Quienes han seguido su trayectoria le sitúan en el
Club de Roma y en varias asociaciones internacionales anglosajonas, dato que en ciertos círculos funciona como alerta automática. Según se apunta en el hilo, fue alumno de
Noam Chomsky y hablaba de él con admiración. La lectura escéptica es sencilla: en televisión repetía los argumentos de la izquierda anti-OTAN de entonces y, para quien no los conociera, el chaval parecía brillante.
¿Quién escribía lo que decía el niño superdotado?
La sospecha del guion no es nueva. El presentador, Xavier Sardá, le empujaba a soltar la consigna, y el resultado era un menor dictando geopolítica con aplomo de tertuliano veterano. El contenido tenía su lógica: la OTAN metiéndose donde no la llamaban, potencias armamentísticas decidiendo quién es el malo del mapa, países pequeños pagando la factura. Era
el relato anti-OTAN del momento. El giro amargo llega después: aquel discurso de una alianza ofensiva y no defensiva era ayer cosa de progres, cuando la manejaban los neoconservadores estadounidenses, y hoy el vocabulario ha rotado hasta que las guerras por delegación suenan casi a política inclusiva.
Queda la duda de si el diagnóstico era bueno. Hay quien sostiene que el fallo no fue el análisis, sino esperar una reacción económica contundente de Moscú que nunca llegó, y que aquello costó influencia en los Balcanes. Otros ponen el foco en lo que vino después: si el conflicto en Ucrania se parece hoy a un Kosovo multiplicado, el valor del aviso infantil se mide por lo que se ignoró, no por quién lo dijo.
¿Tener carrera demuestra inteligencia?
El asunto deriva hacia un terreno más viejo: la relación entre títulos y coco. Una parte del análisis sostiene que una carrera consiste sobre todo en memorizar un volumen ingente de material y vomitarlo el día del examen; el filtro real sería la constancia, no el talento. Otra corriente recuerda que hasta principios de los noventa una carrera de ciencias exigía bastante más, y que la degradación educativa ha ido alcanzando incluso a las ingenierías. El contraargumento tiene peso: la ventaja de estudiar no son los títulos, sino entrenar la mente para razonar con lógica y coherencia.
En psicometría la discusión se plantea en otros términos. Desde Galton, la corriente dominante entre los especialistas habla de un
factor general de inteligencia que correlaciona capacidades diversas, frente a las teorías de inteligencias múltiples. Hay quien defiende tipos distintos de inteligencia con componente innato y sostiene que no se convierte a un velocista en maratoniano a base de voluntad. Y una lectura menos amable, defendida por un participante: buena parte de quien estudia lo hace para mejorar su posición social y económica, no por hambre de conocimiento. En países con sueldos dignos para la formación profesional, los títulos complejos escasean y hay que importarlos.
Cociente alto no es vacuna contra el relato
El punto incómodo es el de la supuesta inmunidad del inteligente. Quien ha mamado literatura revisada por pares tiene entrenada la confianza en la institución académica, y admitir que esa maquinaria puede manipularse no es un ejercicio de lógica, es un salto emocional. Los relatos que circulan apuntan en la misma dirección: personas muy críticas en su especialidad, incapaces de aplicar el mismo escrutinio fuera de ella. El caso que se cita es el de un médico de prestigio, sagaz y nada crédulo en lo profesional, cuyo olfato se apagaba en cuanto salía de su terreno.
Ahí se rompe el vínculo entre cociente y lucidez. Detectar un sesgo estadístico exige entrenamiento técnico; detectar una campaña de presión social exige otra cosa, y no viene en el expediente académico.
La sospecha de fondo: ¿para qué sirve la inteligencia?
La versión más cínica del asunto sostiene que la inteligencia sirve, sobre todo, para manipular a los demás y para ser inmune a la manipulación ajena. Bajo ese prisma, el problema del chaval prodigio no habría sido no saber, sino no querer mirar. Y encaja con el resto del retrato: demasiado buen chico para incomodar a nadie.
El detalle que descoloca
Se le atribuye un cociente intelectual por encima de
160, una estimación, no una medida certificada. Si el dato es cierto, el problema de Carlos Blanco nunca habría sido de capacidad, sino de carácter: para ser un genio incómodo hace falta cierta mentalidad de oposición y algo de incomodidad social, y a él siempre se le vio demasiado acomodado para eso. Otros apuntan a la dispersión: demasiados campos abiertos, ninguna obra que destaque. Y sobrevuela un dato que descoloca más que todos los demás. Un participante recuerda que en España a muchos superdotados reales se les clasificó oficialmente en el epígrafe de fracaso escolar. Al que salió en televisión le fue bastante mejor.