El fútbol español se apaga: 100 euros al mes para ver una liga rota
El fútbol español no se muere por falta de talento, se muere por aritmética. Los dos clubes que durante décadas se llevaron el grueso del dinero de la televisión siguen cobrando como gigantes mientras el resto de la liga sobrevive con presupuestos que, con suerte, dan para pelear la séptima plaza. Y quien quiera verlo desde el sofá tendrá que rascarse el bolsillo: hay quien cifra por encima de
100 euros al mes el desembolso para seguir el campeonato.
La discusión sobre el estado de LaLiga no es tertulia de barra de bar. Es un asunto económico con tres patas conocidas —el reparto televisivo, el precio del fútbol de pago y el relevo generacional que no llega— y las tres apuntan al mismo sitio.
Un reparto televisivo que condena al cuarto clasificado
La comparación con Inglaterra aparece una y otra vez. La Premier reparte los derechos de televisión de forma mucho más igualitaria, y eso convierte a cualquier club mediano en un destino razonable para un inversor extranjero. En España, el cuarto clasificado —Sevilla o Villarreal, según el ejercicio— no llega ni a la mitad de lo que ingresan los dos grandes por el mismo concepto, según un cálculo que circula entre los aficionados.
De ahí sale el argumento más repetido: si un jeque o un magnate no encuentra diferencia entre meter dinero en la Premier y hacerlo aquí, elegirá Inglaterra. La Premier, que hace años era una competición menor, despegó cuando entraron inversores internacionales con un reparto razonable para todos. Aquí el desembolso llega, pero el suelo del que se parte es tan desigual que el nuevo propietario se lo piensa dos veces.
La excepción que confirma la regla tiene ciudad: un jeque puso al
Málaga en semifinales de la Champions en la época en que la liga española dominaba Europa. Ya no hay casos así.
Por qué los jeques prefieren la Premier a LaLiga
No es solo el reparto. Hay otras dos barreras que se citan cuando se explica por qué el capital extranjero mira hacia otro lado: el control financiero y lo que se puede hacer o no con el dinero propio. El
Newcastle recibió un propietario con capital enorme y un reparto televisivo que, según este argumento, le permite maniobrar con holgura. El mismo movimiento en España choca con un fair play que revisa y tumba según qué operaciones.
El caso del
Almería se pone como ejemplo: un propietario vinculado a capital saudí habría intentado inflar el club vía patrocinios y los controles lo frenaron, según la versión que circula. Ganar dinero para después no poder gastarlo desincentiva a cualquiera.
¿Sobran partidos en una liga de 20 equipos?
La cuenta es sencilla y muy repetida:
- Liga de 20 equipos: 380 partidos y 38 jornadas de diez encuentros.
- Liga de 16 equipos: 240 partidos y 30 jornadas de ocho.
Quitar 140 partidos de relleno sería, para muchos, la mejora más barata posible. También se apunta al calendario: partido a las 14:30, otro a las 16:00, otro a las 18:00, otro a las 20:00 y, si hay suerte, uno a las 22:00. El ritual de escuchar el partido por la radio a la misma hora se ha ido al garete.
Alemania, con 18 equipos, sirve de contraste: un Friburgo contra el Unión de Berlín era el cuarto contra el quinto de su liga y se jugó igual. La cuestión de fondo es si el aficionado quiere tragar con ese menú o pasar.
El precio del fútbol de pago y la generación que no llega
Ver fútbol se ha convertido en un gasto de ricos. Los abonados denuncian subidas sostenidas y partidos que no entran en la cuota y hay que pagar aparte. La base de la afición, que es de donde salen los futuros
forofos, se queda fuera de la fiesta.
Las nuevas generaciones tienen otras cosas: videojuegos, anime, redes sociales, viajes. El fútbol compite ahora con plataformas de vídeo y con todo el ocio digital, y pierde. Si nadie se lo puede permitir, se deja de ver, y con el tiempo hasta se olvida que existe. Un abonado que se dio de baja porque le cobraban aparte parte de los partidos resume el problema en una frase.
El Barcelona, la deuda y la Superliga
El otro eje del malestar es el club azulgrana. Se le señala por acumular una deuda enorme y seguir gastando, en una competición que una parte de la afición considera adulterada por el caso de los pagos arbitrales. Hay quien sostiene que debería bajar a Segunda —una acusación deportiva sin resolución firme conocida—, lo que equivaldría a su aniquilación económica.
Y de fondo, la Superliga. El argumento es que el gran club empuja ese proyecto para no ver perjudicado su negocio. Aunque también se escucha el contrario: si el reparto fuera igualitario, el Madrid podría acabar décimo. Las dos cosas no pueden ser verdad a la vez, pero ambas se usan para justificar el statu quo.
Qué puede pasar con la liga española
Hoy el fútbol es una opción más entre miles, no la única. Con estos números, la competición seguirá perdiendo interés, sobre todo entre quien no ha conocido otra cosa. Ahora bien, conviene no cerrar el pronóstico: el fútbol ha sobrevivido a crisis peores y a veces basta una generación de buenos equipos, un ídolo o un reparto distinto para reenganchar al público. Que ocurra o no dependerá menos de la pelota y más de la caja.