¿Reyes o presidente? El verdadero peligro del poder ejecutivo
La tercera protesta "No reyes" sacudió varias ciudades de EE.UU. el sábado pasado, con la izquierda movilizada contra Trump. Pero el análisis que subyace a estas manifestaciones adolece de un error de base: considerar a Trump como una ruptura excepcional con el statu quo, cuando en realidad es la culminación de un sistema presidencial que concentra poderes que ningún monarca constitucional soñaría. El presidente no es un rey; es mucho más peligroso, porque su legitimidad democrática le permite avanzar sin frenos.
El mito del "rey malo"
La oposición a Trump desde 2017 se ha sustentado en la idea de que representa una anomalía, un aspirante a dictador que corrompe una democracia que hasta entonces funcionaba. Pero esa narrativa ignora que el verdadero poder reside en la propia presidencia, una institución diseñada para actuar con rapidez y sin consulta, blindada por el dinero fiduciario y los bancos centrales. Como señaló un análisis reciente, "sin esas herramientas, difícil lo tendrían para robar sin que la gente se entere". La inflación, ese impuesto silencioso que castiga a los pobres, es la prueba más palpable del poder presidencial sobre la economía real.
La inflación como impuesto oculto
Hace veinte años, la frase "la inflación es el impuesto de los pobres" era de dominio público. Hoy, repetirla provoca miradas en blanco. Ese olvido no es casual: el sistema financiero se ha vuelto tan opaco que incluso quienes padecen la subida de precios no identifican al responsable. Henry Ford lo resumió: "Si la gente entendiera cómo funciona el sistema financiero, habría una revolución". Pero no la hay, al menos no en España.
España: un caso de apatía consentida
Aquí, ni habría revolución ni falta que hace. Como se ha argumentado, con internet cualquier ciudadano tiene acceso a toda la información que quiera, pero el uso que se le da es nulo. El pueblo español, en su mayoría, nunca ha destacado por su valentía contra la tiranía. Prefiere quejarse en la barra del bar antes que organizarse. Mientras tanto, la presidencia y sus herramientas —el dinero fiduciario, los bancos centrales— siguen operando a pleno rendimiento, erosionando el poder adquisitivo sin que nadie mueva un dedo.
La pregunta que queda en el aire es si el descontento actual, canalizado en protestas como "No reyes", logrará algún día conectar con el verdadero problema: no el hombre en la Casa Blanca, sino el sistema que lo empodera. Mientras se confunda al presidente con un rey, la batalla estará perdida de antemano.
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