Un grupo de Instagram con 78.000 miembros organizó el salto a Ceuta ante la pasividad de los servicios de inteligencia
La organización del salto masivo a Ceuta fue un secreto a voces en internet. Durante semanas, decenas de miles de personas se reunieron en grupos públicos de redes sociales para compartir mapas, calcular distancias alrededor del espigón del Tarajal y discutir el equipo necesario para la travesía. El grupo de Instagram llamado Haraga Ceuta llegó a superar los 78.000 miembros y, según las informaciones que circulan, seguía activo después de los hechos. El dato no solo cuestiona la supuesta sorpresa de las autoridades, también sugiere que el problema no era de información, sino de voluntad.
Un plan que se veía venir
No hacía falta ser analista de inteligencia para detectar lo que se estaba cociendo. Los mensajes difundidos antes del asalto describen con precisión las rutas, los puntos de encuentro y los horarios de salida. Se habla de vehículos civiles y militares, zonas de reunión y una logística coordinada durante meses. El volumen de personas implicadas exigía una organización que no nace de la improvisación. Y la plataforma donde se cocinó era un grupo público de Instagram cuyo nombre, Haraga, hace referencia directa a los que queman sus documentos para cruzar el Estrecho. Un detalle añadido alimenta el malestar: las cuentas que llevaban la voz cantante en la organización eran, presuntamente, españolas.
El CNI, entre la incompetencia y la vista fuerte
La pregunta que recorre el malestar es simple: ¿cómo es posible que los servicios de inteligencia no detectaran una operación coordinada ante sus narices? Hay quien resume el dilema sin contemplaciones: si el CNI lo sabía, falló a su función; si no lo sabía, falló a su oficio. En la práctica, el CNI informa al gobierno, y el gobierno decide qué hace con esa información: usarla, archivarla o mirar hacia otro lado. La coordinación se hizo en plataformas comerciales, sin cifrados sofisticados ni canales ocultos. Estaba a la vista de cualquiera con conexión a internet.
El precedente que Jovenlandia sí frenó
En septiembre de 2024 se produjo un intento similar, organizado también a través de redes sociales, que fue desactivado con contundencia por las autoridades jovenlandés en la zona de Castillejos. Aquella vez, el seguimiento policial de las redes permitió cortar el intento antes de que llegara a Ceuta. La diferencia con el episodio actual ha disparado las sospechas: si Jovenlandia fue capaz de detectar y frenar la convocatoria en 2024, ¿por qué no se hizo nada esta vez? Las posibles respuestas son políticamente tóxicas. Una apunta a un cambio en la actitud jovenlandés. Otra, más incómoda, sostiene que el salto no interesaba frenarlo.
Crisis provocada, ensayo o simple incompetencia
Las lecturas políticas del episodio se mueven entre dos extremos. Por un lado, la hipótesis de que el salto fue utilizado como ensayo de una futura crisis migratoria que justifique la suspensión electoral o una gran coalición entre los dos grandes partidos. Quienes sostienen esta teoría señalan que el partido en el gobierno necesita un enemigo exterior para tapar su debilidad parlamentaria, y que un episodio así se puede activar o desactivar a voluntad. En el lado opuesto están los que consideran que se trató de un fenómeno espontáneo amplificado por las redes sociales y que el estado actuó con la torpeza de siempre. Entre ambos extremos, la evidencia disponible no cierra el debate. Lo que sí confirma es que la coordinación fue real, visible y eficaz, y que las instituciones responsables miraron hacia otro lado.
Que nadie se engañe: el grupo seguía activo cuando se publicó esta información. Y los llamamientos de ciertos influencers jovenlandés apuntan a una nueva convocatoria para Ceuta y Melilla durante el segundo fin de semana de agosto, con cientos de miles de visualizaciones en las publicaciones. Si la lógica de los hechos no se impone, la próxima vez podría ser mayor y mejor organizada. La pregunta no es si habrá otro salto, sino si alguien hará algo antes de que ocurra.