El colapso que no llega: por qué la crisis energética aún no ha desatado el Mad Max
Dos meses y medio después del inicio del bloqueo simulado de Ormuz, el apocalipsis energético sigue sin materializarse. Mientras los agoreros pronosticaban un colapso inminente para mayo de 2026, la vida cotidiana transcurre con normalidad en Occidente, salvo por el lento goteo de medidas técnicas que apenas alteran las rutinas. La paradoja es que, según las previsiones más extremas, el mundo ya debería estar sumido en el caos, pero la realidad muestra una economía que, aunque herida, sigue funcionando.
El daño estimado que nadie nota
El impacto económico del cierre del estrecho de Ormuz se ha calculado en torno al 3% del PIB mundial. Traducido a términos per cápita, supone unos 400 euros por persona al año, asumiendo un reparto equitativo que no se produce. Para ponerlo en perspectiva, el confinamiento por COVID supuso una pérdida de unos 3.000 euros por cabeza. La diferencia cualitativa entre ambas crisis es que la energía no ha provocado parones masivos de actividad, sino un encarecimiento progresivo que se traslada a precios y reduce la capacidad de consumo. Quienes defienden que el colapso ya está aquí señalan el empobrecimiento silencioso: cinco millones de españoles de entre 20 y 40 años sin emancipar, una cifra equivalente a la destrucción hipotética de otros tantos hogares por un misil.
La tesis del pinchazo lento
Una corriente de análisis sostiene que el Mad Max no llegará como un estallido, sino como un deterioro controlado. Los gobiernos están quemando reservas estratégicas y aplicando racionamientos blandos (techos de precio, subvenciones a bombas de calor) que retrasan el punto de quiebra. Mientras, países como India ya sufren cortes y confinamientos energéticos. La pregunta sin respuesta es cuándo se agotarán los colchones. Algunos apuntan a que las medidas duras se posponen hasta después del Mundial de fútbol de mediados de 2026, otros creen que el sistema se sostendrá indefinidamente a base de parches.
Lo que el dato no dice
El enigma central del debate es por qué no se han implantado racionamientos obligatorios de combustible y fertilizantes, a pesar de la escasez anunciada. Las explicaciones van desde la manipulación de las estadísticas de reservas hasta la confianza en que la demanda se ajuste por precio sin necesidad de cupos. Lo cierto es que el turismo aéreo de bajo coste sigue operando al máximo, consumiendo queroseno que se da por escaso. Esta contradicción alimenta la sospecha de que el relato del colapso forma parte de un dispositivo de control social, más que de una realidad física.
El debate deja una conclusión incómoda: quizá el Mad Max ya ha comenzado, pero no con la estética de la película, sino como una lenta erosión del bienestar que apenas se percibe hasta que el suelo desaparece bajo los pies. La pregunta que nadie responde es si el sistema puede mantener esta farsa mucho más tiempo o si un solo cisne negro lo hará añicos.
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