Dolly Parton, la multimillonaria que no vendió sus canciones
Muere Dolly Parton a los 80 años y el planeta, también el español, se queda un poco más soso. La noticia ha dejado en España una estela incómoda: la de una figura enorme que siempre fue más conocida por su físico que por su cuenta de resultados. Ocurre también que la señora era un fenómeno económico de manual: nació en una cabaña de un solo cuarto donde llegaron a vivir nueve personas y se las arregló para convertirse en una de las mujeres más queridas de Estados Unidos.
La dueña de sus propias canciones
La parte menos discutida de su legado es la empresarial. Compuso miles de canciones y mantuvo los derechos de publicación cuando el mánager de Elvis Presley intentó quedárselos. Se negó, y aquella decisión acabó siendo la mejor inversión de su vida: la versión de Whitney Houston de «I Will Always Love You» le pagó lo suficiente como para, según sus propias palabras, haber comprado Graceland.
El episodio no es una anécdota, es la clave de su fortuna. En una industria donde los artistas ceden su catálogo a cambio de promoción, Dolly Parton entendió pronto que la propiedad intelectual era el único patrimonio que no se deja en la puerta del camerino. Medio siglo después seguía cobrando por cada versión y cada película.
Dollywood y los 270 millones de libros
El otro pilar del imperio fue el parque temático Dollywood, una apuesta por el turismo en una zona rural de Tennessee. Todo ese dinero dio también para una fundación que ha repartido 270 millones de libros infantiles por varios países, patrocinó refugios de animales y mantuvo durante 58 años un matrimonio estable con el mismo hombre, Carl Dean, fallecido en 2025. Los datos hablan de una empresaria que construyó, más que una carrera, una cartera de activos.
La batalla cultural por su cadáver
Lo más llamativo de la reacción española es la guerra de apropiación. Por un lado, quienes la convierten en el espejo de la mujer tradicional: casada, cristiana y discreta. Por otro, quienes recuerdan que escribió «9 to 5», una película sobre el acoso laboral y la sororidad, y que jamás pidió permiso para vestirse ni para hablar. La escritora Lucía Etxebarria la definió como una triunfadora en una industria misógina. Las dos lecturas se sostienen; la única que no aguanta es la pregunta de «y esa quién es» cuando se habla de una de las compositoras más rentables del siglo XX.
La paradoja final es esta: una mujer que cantaba al amor no correspondido y a la pobreza ha terminado convertida en test proyectivo. Para unos, la tradición; para otros, la reivindicación. En el centro queda la señora que dijo que no era tonta y que tampoco era rubia, y que se fue con el catálogo a salvo y la caja registradora llena. Eso, más que cualquier etiqueta, es lo que nadie podrá discutir.