La oposición ya es el único ascensor social que queda en España
Un cum laude en Química con un máster del IQS termina de jefe de turno nocturno en un almacén de Amazon. Ni enchufe, ni apellido compuesto, ni padrino de despacho: solo un horario que empieza cuando el resto apaga la luz. El caso circula como ejemplo en los círculos donde se discute para qué sirve hoy un título, y resume una sospecha cada vez menos incómoda de decir en voz alta: que el esfuerzo académico ha dejado de comprar billete hacia arriba. Lo que compra, sostienen, es paciencia.
La oposición como última escalera
Cuando se pregunta qué ha quedado del ascensor social, la respuesta no es una empresa, ni una carrera, ni un máster. Es una oposición. Aprobar una plaza se ha convertido en la vía que no depende del apellido ni del teléfono de nadie, y por eso mismo se ha masificado. El cálculo para una oposición técnica de informática ronda el año de preparación; las más fruta exigen dos. A eso hay que sumar, si se trabaja en Madrid, el alquiler de una habitación en ciudades dormitorio como Guadalajara.
La paradoja es que la oposición es, en sí misma, un examen del sistema que se dice agotado: para opositar hay que estudiar. Y no cualquier cosa. Ciertas plazas están restringidas a titulaciones concretas, ingenierías superiores incluidas. La salida que se vende como refugio vuelve a exigir el título que se dice inútil.
El ingeniero que hace de delineante
El discurso de la escasez de vocaciones técnicas choca con la letra pequeña. Las matriculaciones en ingeniería acumulan una caída estructural de entre el 20% y el 33% en dos décadas, según los datos que maneja el sector. Y mientras se publican informes sobre los miles de ingenieros que faltan, los que salen acaban firmando en puestos de delineante, cuando no dando clase en secundaria. La devaluación del título, dicen, es la devaluación del oficio que decía proteger.
Hay quien matiza: los años de carrera cuentan, y carreras útiles como medicina o ciertas ingenierías siguen pagando bastante por encima de lo que cobra quien abandonó el instituto. El problema es que la excepción se ha vendido como regla.
El título como cromo caro
La otra cara del sistema se juega en el extremo opuesto. Las universidades privadas y las escuelas de negocios funcionan, según una lectura muy extendida, como lugares de encuentro donde los descendientes de familias acomodadas amplían red de contactos y acceden a información privilegiada. El título llegará igual: con ayuda o sin ella. Los estudios serían la excusa; el cromo para enmarcar, el objetivo. De ahí que el enchufe no se herede solo en forma de dinero, sino de agenda.
Cuánto se paga de verdad
En la parte baja de la tabla, los números son tozudos. Un trabajador extracomunitario que se declara afortunado por tener empleo en España cobra 60 euros al día con horas extras sin pagar: 1.320 euros al mes. En ese tramo, la queja más repetida es la del funcionario que mueve papeles y cobra lo mismo que el que instala cables de alta tensión. La comparación se hace a la baja, siempre.
Emigrar, opositar o esperar sentado
Frente a ese muro, tres salidas compiten. Irse y probar fuera. Opositar cuanto antes, incluso nada más terminar el título obligatorio. O quedarse y aguantar, con la esperanza de que el ciclo gire. Ninguna es gratis. La que más se repite entre quienes ya no son jóvenes es la resignación calculada: a cierta edad, sacrificar cuatro años entre estudio y piso compartido no sale a cuenta.
En el trasfondo aparece una tensión que se cuela en la conversación sobre el empleo público: la competencia por unas plazas que no crecen al ritmo de la demanda. Se argumenta que el funcionariado empieza a coparse de perfiles antes ausentes, un lamento que mezcla economía con malestar social sin resolver ninguno de los dos.
Queda un dato que descoloca. Cuanto más larga es la carrera de estudios, más se penaliza al trabajador a la hora de jubilarse: quien estudió más años cotizó menos, y el calendario no perdona. Los 67 siguen a la vuelta de la esquina, y con ellos la duda de si la pensión llegará intacta. Del ascensor social, al menos, ya nadie pregunta por los pisos de arriba.