Khrushchev, el hombre que aduló a Stalin y arruinó el campo soviético
La figura de Nikita Khrushchev sigue generando debate entre historiadores económicos. Con fama de ser un simple trepador que sobrevivió al estalinismo arrastrándose, su legado es mucho más complejo: firmó ejecuciones masivas, participó en la incautación de grano ucraniano que provocó la hambruna de los años 30, y después, ya como líder, aplicó reformas agrícolas que llevaron a la URSS a tener que importar cereales de sus enemigos.
La sumisión como estrategia de supervivencia
Khrushchev no era un bolchevique de la vieja guardia. Eso, precisamente, lo salvó. Stalin veía en él a un hombre sin poder propio, pero útil. Según testimonios, Stalin lo humillaba obligándolo a beber y bailar. A cambio, Khrushchev firmó decenas de miles de órdenes de ejecución y colaboró con Kaganovich en el despojo de grano a los campesinos ucranianos para pagar la industrialización. Entre 1930 y 1936, la URSS importó tecnología de Estados Unidos, Francia y Alemania, y pagó con trigo expropiado. El resultado fue una hambruna que, según estimaciones, pudo costar cinco millones de vidas en toda la URSS.
El reformador que quebró el campo
Cuando Khrushchev llegó al poder, intentó cambiar el rumbo. Sus famosas reformas del maíz –de ahí su apodo «Mr. Corn»– y su revisionismo político provocaron la ruptura con China y desmantelaron buena parte de la estructura agrícola estalinista. El resultado fue paradójico: la URSS, que había sido autosuficiente en grano, empezó a sufrir malas cosechas y tuvo que comprar cereales a Canadá y Estados Unidos, pagando en oro. Además, sus políticas de abaratamiento salarial y aumento de precios desencadenaron huelgas reprimidas por el KGB. La «propiska» o pasaporte interior limitaba la movilidad, un control que perduró hasta la desintegración.
Comparaciones incómodas
Algunos análisis comparan la colectivización soviética con los controles en Venezuela, que también generaron mercados paralelos y hambruna. Frente al modelo chino-vietnamita, que combinó apertura económica con control político, la URSS nunca logró resolver su déficit alimentario. Ni siquiera Gorbachov, con su apertura a medias, pudo evitar el colapso. Sobre el papel de Occidente en la Segunda Guerra Mundial, las posturas se polarizan: unos sostienen que sin el préstamo y arriendo y el segundo frente la URSS no habría vencido; otros defienden que el Ejército Rojo, con su industria trasladada a los Urales, ya era autosuficiente.
El legado de Khrushchev es el de un hombre que, para salvarse a sí mismo, contribuyó a destruir la agricultura que después intentó reformar sin éxito. La historia no ha cerrado el juicio.