Los BRICS suman ya 30 candidatos y el 43% de la población mundial
Occidente ha perdido la partida. Quien sostiene esto no recurre a metáforas ni necesita una novela distópica: maneja una lista. Más de 30 países han solicitado entrar en los BRICS, y entre los candidatos figuran nombres que redibujarían el control de las rutas comerciales del planeta. La tesis, desarrollada con profusión de datos, sostiene que África, Sudamérica y buena parte de Asia están confluyendo en un bloque que empuja a Europa y a Estados Unidos hacia la periferia. El desarrollo del argumento, en cambio, mezcla cifras verificables con pronóstico de catástrofe.
Más de 30 países en la cola de los BRICS
La nómina de aspirantes que se cita incluye Afganistán, Argelia, Argentina, Baréin, Bangladesh, Bielorrusia, Egipto, Indonesia, Irán, Kazajistán, México, Nicaragua, Nigeria, Pakistán, Arabia Saudí, Senegal, Sudán, Siria, Emiratos Árabes Unidos, Tailandia, Túnez, Turquía, Uruguay, Venezuela y Zimbabue, entre otros. El desglose completo, país a país y con los que ya son miembros de pleno derecho frente a los que esperan turno, da una medida bastante exacta de por dónde va la geometría del poder. Los cálculos que se repiten sitúan al bloque en el
43% de la población mundial y el 25% de la economía. Si esas cifras se consolidan, la UE queda en una posición incómoda por puro tamaño.
Suez, Ormuz y Singapur: los estrechos que deciden la partida
El argumento central no va de ejércitos, sino de tuberías y contenedores. Si Arabia Saudí, Irán y Egipto acaban en la misma órbita,
Occidente pierde el control del tránsito en el canal de Suez y en los estrechos de Ormuz y Singapur. Ahí se hunde una parte de la estrategia militar estadounidense, construida sobre una marina de aguas profundas capaz de proyectar fuerza a medio mundo. La conclusión que se extrae es que Japón y Corea del Sur quedarían sin salida hacia Europa y tendrían que vender casi en exclusiva a Estados Unidos, lo que empujaría a ambos a la neutralidad. Es una cadena de consecuencias razonada, aunque encadenada con eslabones frágiles.
En el resto del mapa el razonamiento se repite. Si los BRICS integran Egipto, Sudán, Etiopía, Kenia, Sudáfrica y Nigeria, África entera cae en su órbita y con ella el Congo y sus recursos; Rusia expulsando a Francia del Sahel arrastraría a Libia. Con Siria, Irán, Afganistán y Arabia Saudí en el mismo saco, Irak sería la ficha siguiente y Turquía optaría por la neutralidad. Todo encaja con una lógica de zonas de influencia que recuerda, en efecto, al tablero que Orwell dibujó en 1984.
Los números que sostienen el relato
Los datos concretos que se citan son de distinta naturaleza.
Etiopía tiene 125 millones de habitantes y alcanzaría los 200 millones en 2050, lo que la convierte en un actor demográfico difícil de ignorar.
Alemania recorta 40.000 millones de euros de inversión pública y cae un 0,4%, en plena recesión, mientras Polonia reclama reparaciones por valor de 700.000 millones. Y de fondo, la cifra que resume el malestar:
Estados Unidos se endeuda un 5% anual para crecer un 1%. Cada punto admite discusión por separado; juntos forman el relato de una decadencia que sus defensores dan por irreversible.
¿Son los BRICS una OTAN con otro nombre?
Aquí es donde el análisis se parte. Una parte del comentario recuerda que los BRICS
no son una alianza militar defensiva ni pretenden serlo, y que compararlos con la OTAN es como comparar la velocidad con el tocino: son un foro de cooperación, no un mando único. Se añade otro reparo de fondo: los intereses de sus miembros no convergen. Rusia y China han librado guerras y se vigilan; India y Pakistán son rivales históricos; Irán y Arabia Saudí compiten por la hegemonía regional. Hay quien asegura, incluso, que a muchos rusos les incomodan más los chinos que los occidentales. La tesis del bloque monolítico antioccidental choca con esas grietas.
El yuan, el dólar y la factura comercial
En el terreno monetario el suelo parece más firme. Los defensores de la tesis sostienen que los BRICS han ido dejando el dólar en sus transacciones y operan cada vez más en yuanes, lo que equivaldría a una moneda común en construcción. La comparación que se usa es la propia UE, que empezó siendo el Benelux y hoy es un bloque con divisa propia. El matiz importante: no existe todavía una moneda única de los BRICS, y
comprar y vender entre países no es comprarle un perrito caliente al vecino. La desdolarización avanza, sí; afirmar que el dólar ha caído es otra cosa.
Qué se juega Europa en todo esto
Europa aparece en el relato como la gran perjudicada, atrapada entre la dependencia energética y una guerra comercial que se alarga. El pronóstico que se maneja es que, si el estancamiento se prolonga, las tensiones sociales se multiplican y el malestar se canaliza por vías políticas imprevisibles. No es una predicción con fecha, y quien la formula lo reconoce: primero se desangra Occidente y, si acaso, luego se pelearán entre ellos los que hoy se abrazan.
Con 30 solicitudes de adhesión sobre la mesa y las rutas marítimas en juego, la próxima ampliación marcará si los BRICS eran un club de trámites o el esqueleto de un orden nuevo. Conviene no apostar todavía. La historia se ha reído de pronósticos bastante más sólidos que este.