Ultra Chad
Madmaxista
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El testimonio parte de un…
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La dificultad para acceder a una vivienda propia se debe a una tormenta perfecta de factores económicos y sociales, no a una conspiración. La financiarización del mercado, las hipotecas fijas y la oposición vecinal explican la escasez y los altos precios.
Parece que nadie quiere que tengas tu casa. O al menos, así se siente cuando ves los precios y las dificultades para acceder a una. Pero no es que haya una conspiración de élites malvadas, que conste. La cosa es más bien una mezcla de cómo funciona el dinero, cómo tomamos decisiones y cómo nos comportamos en sociedad. Piensa en ello como un sistema que, sin quererlo, ha acabado poniendo barreras.
Una de las claves está en cómo el mercado ha convertido algo tan básico como un techo sobre tu cabeza en un producto financiero. Los grandes fondos de inversión, esos que mueven miles de millones como BlackRock o Berkshire Hathaway, han entrado con fuerza en el mercado inmobiliario. Compran miles de viviendas, sacándolas del mercado para particulares. ¿El resultado? Menos oferta y precios por las nubes. Y si no puedes comprar, te toca alquilar, y ahí es donde ellos también sacan tajada, subiendo las rentas. No solo los grandes, ojo, que pequeños inversores también han optado por el subarriendo o las casas prefabricadas para sacar rendimiento, complicando aún más las cosas para el que solo busca un hogar.
Luego está el tema de las hipotecas. Durante la era COVID, los tipos de interés estaban por los suelos, entre el 2% y el 3%. Mucha gente pudo comprar entonces, y ahora tiene hipotecas fijas a esos precios. ¿Qué pasa si quieren vender para mudarse? Pues que tendrían que pedir una hipoteca nueva a tipos mucho más altos, del 5% o 6%. Así que, sencillamente, no venden. Esto, sumado a la falta de oferta, hace que los precios se disparen y que los costes de financiación, impuestos y seguros estén por las nubes.
Y no nos olvidemos de cómo han cambiado nuestras expectativas. Si comparamos una casa típica de los años 50, de unos 83 m², con lo que se busca ahora, que puede ir de los 185 a los 280 m², la diferencia es abismal. Queremos más espacio, más baños, aire acondicionado, acabados de lujo. Las constructoras, lógicamente, construyen lo que más les beneficia, y eso son casas grandes y caras. El segmento de la vivienda básica, la de entrada, ha desaparecido casi por completo.
Finalmente, está el famoso NIMBYismo, el "Not In My Back Yard" o "No en mi patio trasero". La mayoría de la gente quiere que haya vivienda asequible, pero solo si no está cerca de su casa. ¿Por qué? Porque su propio patrimonio depende de que las casas sean escasas y caras. Si se construye más, o si se hacen edificios de apartamentos más pequeños, el valor de su propiedad baja. Esto lleva a que, a nivel municipal, se endurezcan las leyes de zonificación, prohibiendo la construcción de viviendas pequeñas o de alta densidad. La presión vecinal es muy fuerte.
Todo esto golpea más fuerte a quienes tienen menos recursos. Los jubilados con pensiones fijas ven cómo la inflación se come sus ahorros y los costes de mantenimiento se disparan. Los jóvenes, que intentan emanciparse o empezar su carrera, se encuentran con un mercado inaccesible. Y las personas con problemas de salud o discapacidades se ven empujadas a la calle o a vivir en condiciones precarias.
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