Tenis, cerveza y club social: el verano en la sierra de Madrid
Julio en la sierra de Madrid. El sol se esconde tras la montaña a eso de las siete de la tarde, la pista de tenis queda en sombra y la temperatura aún invita al deporte. Un partido con un rival digno, después una ducha y a la terraza del club social a tomarse una Paulaner bien fría –en copa, por supuesto, y que no lleve maíz–, mientras se comenta la jugada. El plan lo completa un baño en la piscina antes o después del partido. Así describen algunos residentes de la urbanización Los Berrocales, en Alpedrete, el ritual estival que consideran inalcanzable para el comuneño.
La fórmula parece sencilla, pero encierra un estilo de vida que solo unos pocos pueden permitirse: casa con pista de tenis o pádel, club social con terraza y piscina, y tiempo libre para disfrutarlo entre semana. La urbanización, enclavada en la sierra Noroeste, es conocida por sus calles arboladas y parcelas amplias. No es raro ver coches clásicos los fines de semana; de hecho, cada primer domingo de mes hay concentración en Navacerrada.
Sin embargo, no todo son elogios. Vivir al lado de la pista de tenis puede convertirse en un infierno sonoro, según otra opinión. Desde buena mañana, los golpes y los gritos de los jugadores –a los que llaman «pacos»– alteran la tranquilidad. El ruido, sumado al murmullo del club social, genera fricciones entre los que buscan sosiego y los que quieren exprimir el verano. Tampoco faltan los que prefieren la piscina: mientras unos sudan en la pista, otros se aplican crema solar en compañía –no siempre conyugal–, lo que da pie a situaciones que algunos califican de «chantaje fotográfico».
El contraste entre el ocio activo y el pasivo, entre el ruido y el silencio, refleja la diversidad de usos de estas urbanizaciones de la sierra. Y mientras el debate sobre quién tiene derecho a disfrutarlas se cruza con tensiones demográficas más amplias –que aquí no se detallan–, el verano sigue su curso con cervezas frías y raquetas en ristre.