La muerte de Juan Mari Feliu reabre el debate sobre la impunidad del terrorismo
La noticia de la muerte de Juan Mari Feliu, figura del montañismo y del abertzalismo, ha provocado una reacción inusitada en las redes. Feliu, que falleció a los 80 años, fue miembro de EGI, las juventudes del PNV, y participó en acciones que costaron la vida a dos personas en 1969. Su muerte, sin embargo, no ha generado condolencias, sino un aluvión de comentarios que celebran su fallecimiento, reflejando la profunda división que aún persiste en la sociedad vasca.
El perfil de un referente controvertido
Juan Mari Feliu era conocido en el mundo del montañismo vasco, pero su biografía política es mucho más turbia. Según las informaciones publicadas, en 1969 participó en una acción en la que dos de sus compañeros, Alberto Asurmendi y Jokin Artajo, murieron al estallar los explosivos que portaban. El propio Feliu recordó ese episodio en un artículo publicado en GARA con motivo del 50 aniversario de la tragedia, lo que ha sido interpretado como una muestra de su compromiso político, pero también como una “confesión implícita” de su implicación en el terrorismo.
A pesar de ello, Feliu nunca fue condenado por estos hechos. Su figura ha sido reivindicada por sectores del abertzalismo como un antifranquista, mientras que otros lo consideran un terrorista que murió sin pagar por sus crímenes. La ambigüedad de su legado es precisamente lo que alimenta la polémica.
La financiación del terrorismo: la imprenta de Francia
Uno de los aspectos más oscuros de su biografía es su relación con la financiación de ETA. Según las informaciones que circulan, Feliu habría abierto una imprenta en Francia con dinero procedente de un secuestro de la organización terrorista. Este detalle, que ha sido señalado en las redes, ilustra cómo el terrorismo se sostenía económicamente a través de actividades ilegales, y cómo personas que no participaban directamente en atentados contribuían a su funcionamiento.
La imprenta, en este contexto, no era un simple negocio, sino una infraestructura clave para la propaganda y la logística de ETA. Este tipo de financiación, que a menudo queda en segundo plano frente a la violencia directa, es un recordatorio de que el terrorismo también era una economía paralela que se nutría del crimen.
La reacción social y la foto con Évole
La muerte de Feliu ha coincidido con la circulación de una fotografía en la que aparece junto al periodista Jordi Évole. La imagen, compartida por el comunicador, ha sido utilizada por algunos para criticar a Évole por su cercanía con figuras del abertzalismo. El propio Évole habría mostrado su malestar por la difusión de la foto, lo que ha añadido más leña al fuego.
La reacción en las redes, sin embargo, ha sido mayoritariamente de celebración. Muchos usuarios han expresado su satisfacción por la muerte de alguien a quien consideran un terrorista, mientras que otros han criticado esta actitud por considerarla una falta de humanidad. Este contraste refleja la fractura social que el terrorismo dejó en España, una fractura que no se ha cerrado ni siquiera con el fin de ETA.
La impunidad como coste social
La muerte de Feliu deja sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuántos como él han muerto sin rendir cuentas? La impunidad, en este caso, no tiene precio, pero la sociedad sigue pagando el coste de no haber cerrado las heridas del terrorismo. Mientras algunos celebran su fallecimiento, otros recuerdan a las víctimas que nunca vieron justicia. El debate, lejos de resolverse, se ha reabierto con su muerte.