Muere Astrid de Noruega: la corona se hereda, el funeral se paga
La gloria no iguala a todos, aunque venga con funeral de Estado. La princesa Astrid de Noruega, hermana del rey Harald, ha fallecido a los 94 años, apenas dos días después de que se celebrara el funeral de su hermano. El nuevo monarca, Haakon VIII, que llevaba catorce días en el trono tras la gloria de su padre, ha lamentado la pérdida de su tía con un comunicado en el que la describe como «muy leal» y con «un espíritu contagioso». Traducido a términos económicos: una familia que no compite por su sitio, un patrimonio que no se reparte y una liturgia que paga el contribuyente.
Dos hermanos, un trono y catorce días
La cronología es dura incluso para quien no sienta apego por las coronas. Muere Harald. Su descendiente asume el trono. Catorce días después, muere su tía. Dos hermanos en la misma semana, una casa real enlutada por partida doble y una agenda institucional que no admite pausa: el funeral de Astrid ya se organiza mientras se digiere el anterior.
El detalle no es menor en un país donde la Corona no se somete a referéndum. La sucesión no se vota, se hereda. Y los gastos asociados —protocolo, seguridad, desplazamientos, invitados internacionales— tampoco.
El lujo que no se gana y el gasto que sí se paga
Aquí el asunto deja de ser una esquela. Hay quien sostiene que nacer en la realeza funciona como un seguro de vida: sin hernia por malas posturas, sin turnos rotos, sin el desgaste de un cuerpo explotado durante cuarenta años. El dato objetivo es que la fallecida llegó a los 94. Enfrente pesa el argumento contrario: esa longevidad se financia con un presupuesto que otros pagan y con un fondo soberano alimentado por el petróleo, del que se beneficia toda la estructura institucional. El resultado, según se mire, es renta o es privilegio.
Princesa, infanta o simplemente postureo
Otro debate lateral que el fallecimiento reabre: el tratamiento. Hay quien defiende reservar la palabra princesa para quien va a reinar y llamar infanta al resto, para no encontrarse con titulares nobiliarios aplicados a nonagenarios. La imagen pública de la difunta, asociada a una colección de tiaras poco convencional, alimenta esa distancia entre el cargo y la persona.
Con estos mimbres, es probable que el próximo funeral de Estado vuelva a poner el foco en la misma pregunta incómoda: cuánto cuesta mantener una institución que no se elige. Aunque, vista la queja recurrente y la nula capacidad de cambiarla, tampoco conviene apostar a que el debate se resuelva esta vez.