Un coche de 50.000 € para tres y una herencia en el aire
Casi
50.000 euros por un Tiguan Allspace 4Motion de siete plazas en una casa donde viven tres personas. Lo firman los padres. El que hace cuentas es el hijo, convencido de que cada capricho le resta un pellizco a un patrimonio que todavía no es suyo. La entrega del coche tarda meses, así que la familia ya ha pasado página y dedica el tiempo a buscar el siguiente gasto. Lo que le sobra al relato es ironía. Lo que le falta, quizá, es perspectiva.
La secuencia tiene su gracia. Los padres discuten si una tela es celeste o azul claro, con
diseñador de interiores incluido, mientras el hijo intenta entender para qué quieren siete plazas. La respuesta que recibe es un «sólo lo mejor». Y cuando pregunta por el dinero del ático que vendieron en Madrid hace unos años, la contestación es aún mejor: «Ni un solo centavo, lo perdimos todo en los casinos». Vuelven de Las Vegas. Covadonga no la conocen. El detalle que remata la escena: el propio denunciante tiene dos coches y un patinete eléctrico que, según cuenta, le regalaron sus padres.
Gana tu propia pasta y déjalos en paz
La respuesta más repetida entre quienes han seguido el caso no es la que el autor esperaba. Poco o nada se puede hacer, viene a decirse, y varios foreros recuerdan que se parte de un error de cálculo:
no hay herencia mientras el titular de los bienes sigue vivo. Aparece el recordatorio de que el dinero es de quien lo ganó, y de que el camino razonable no es vigilar la cuenta ajena sino generar ingresos propios. La coletilla más repetida: «no son mis, son sus».
El autor del relato se define como botánico, da clases en un instituto concertado y dice estar terminando un segundo libro sobre multiplicación de tulipanes y otras liliáceas comerciales. Con esos mimbres, la pregunta que más se repite en su contra es sencilla: si el problema es el gasto de los demás, ¿por qué no el propio? Responde que trabaja y que el asunto no es suyo, sino
la pasta que sus padres todavía no le han pasado. Hay incluso quien cruza la línea del deseo: ojalá acabe heredando deudas y préstamos en lugar de ladrillos.
La 'herencia Gruyere' y el truco de la hipoteca inversa
Aquí es donde el caso deja de ser un chiste de sobremesa. Un comentario describe el riesgo real: el conocido de un empleado de banca que lleva años planeando su herencia sobre un caserío centenario rehabilitado de cuatro plantas, 400 metros de vivienda y terreno a media hora de Bilbao. Lo que no sabe es que sobre ese inmueble pesa una
hipoteca inversa monstruosa. La herencia, en el mejor de los casos, llegará con agujero. La bautizan como «la clásica herencia Gruyere».
El patrón se repite en otros casos que se citan. Según relata otro forero, unos padres se descapitalizaron vendiendo una casa a finales de los años 90, justo antes de que el ladrillo se disparara, para ir gastando en cosas superfluas. Dejaron fincas perdidas, dos pisos en proindiviso que sólo generan gastos y la costumbre de cobrar alquiler al hijo por seguir viviendo en casa. El patrimonio no se evapora de golpe: se va en cuotas.
¿Existe el deber moral de dejar herencia?
Aquí el análisis se parte en dos. Una corriente distingue según el origen del dinero: lo ganado con el propio esfuerzo se gasta como se quiera; lo heredado de los abuelos sí acarrearía una obligación moral de conservarlo y transmitirlo. Otra va más allá y sostiene que la generación que hoy dilapida lo hizo, en buena parte, gracias a lo que recibió o vendió de la anterior, y que ahora acapara sin mirar atrás.
El reproche más duro apunta a un cambio de época: quienes ahora se lo funden han vivido, se argumenta, la etapa de
vacas gordas y no contemplan que sus hijos y nietos se enfrentan a condiciones peores. En el extremo contrario, hay quien recuerda que los hijos que vieron dilapidar el patrimonio de sus padres acabaron generándolo sin ayuda y con mejores resultados. La herencia, cuando llega, rara vez es la que se esperaba.
¿Puede un hijo hacer algo con el dinero de sus padres?
Mientras la pareja esté unida y en pleno uso de sus facultades, el margen es prácticamente nulo. La única estrategia que algunos sugieren es de psicología inversa: pedir algo que se necesite de verdad, aprovechando que quien acaba de gastar tiende a sentirse culpable y a mostrarse más generoso. Fuera de eso, el catálogo de soluciones se agota.
Es su dinero, y hacen con él lo que quieren. La frase resume la postura dominante y también su límite: cuando quien gasta ya no distingue entre capricho y necesidad, el que espera no tiene ninguna herramienta. Nadie hereda lo que ya se ha
fundido. ¿Cuánta gente vive realmente de una herencia que nunca llega a cobrar?